6 de Junio (II)

¡Qué mareo más espantoso!

Maldijo a la marina, maldijo al mar, maldijo al capitán del barco y se maldijo a sí mismo por haber cenado huevos fritos.

Encerrado con 600 más, con sus olores corporales, sus vómitos por la borda, la maldita lluvia cayendo y haciendo que la cubierta fuese aún más resbaladiza de lo que era. Tenía ya el trasero dolorido por las caídas, había vomitado dos veces y había perdido la paga de una semana jugando al póker. Y encima de todo ello, la resaca del maldito whisky. Menudo matarratas.

Llevaban ya dos días en el mar, dando vueltas. Ahora vamos, ahora no, círculo por aquí, cortes de manga a los del barco de estribor, lluvia, niebla. Se conocía el barco ya como si toda la vida hubiese vivido allí.

Se había paseado de proa a popa y vuelta a empezar, había bajado a la bodega, había perdido al poker, había fumado en la cubierta, bajo cubierta, boca arriba, boca abajo, apretado y solo. Había hablado a gritos con un vecino de su pueblo en el barco de babor, y se había enterado de que habían muerto otros dos chicos que se habían alistado con ellos, en Italia.

Resumiendo, estaba a punto de tirarse por la borda para superar el aburrimiento.

Más o menos a las 8 de la tarde, cuando ya había caído el sol, se escuchó un crujido, como si el mar se abriese, y después una explosión. La onda expansiva casi hizo que se cayese.

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