Breve historia de la carrera espacial (II)

El 3 de noviembre de 1957, menos de un mes después de que el Sputnik apareciera en el cielo, su secuela Sputnik 2 -con la perrita Laika a bordo- entraba en órbita. Evidentemente, los soviéticos estaban preparando un vuelo tripulado, una perspectiva que galvanizó a los responsables de la política norteamericana. En la primavera de 1958, el presidente Eisenhower firmaba el acta de creación de la agencia civil Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio: la NASA. Al cabo de seis meses, un equipo apresuradamente reunido de veinte científicos había planificado el programa espacial de los Estados Unidos para los siguientes diez años.

Sin embargo, pese a la rapidez con que los engranajes de la NASA comenzaban a girar, los soviéticos dominaron los primeros años de la carrera espacial. La gran mente de la aeronáutica Serguei Koroliov consiguió un logro espectacular tras otro. Además de una serie de sondas lunares no tripuladas, la URSS lanzó el Sputnik 3 en 1958; el satélite pesaba más de dos veces y media lo que el Sputnik 2, y permaneció dos años en órbita.

Pero luego llegó un traspiés. Muchos observadores esperaban que los soviéticos lanzasen una importante misión no tripulada a Marte en conjunción con la visita del premier Jruschov a las Naciones Unidas en octubre de 1960. Pero aparte de sus zapatazos en la mesa, no ocurrió nada. Pocas semanas más tarde, los soviéticos anunciaron que el mariscal de campo Mitrofan Nedelin, comandante en jefe de las Fuerzas Cohete Estratégicas, había muerto en accidente de aviación. Pero parece ser que hubo más en la muerte de Nedelin que un mero accidente.

Según diversas fuentes, el comandante, espoleado por los deseos de Jruschov de dar un golpe publicitario ante las Naciones Unidas, decidió lanzar el cohete antes de que hubiera sido completamente probado. La cuenta atrás llego al cero justo después de la puesta de sol de un día a finales de octubre. Siguió un ominoso silencio. El cohete, con 500.000 kilogramos de explosivo combustible, permaneció inmóvil. Una precaución elemental impedía una inspección desde cerca, pero la impaciencia de Nedelin venció, y ordenó a los ingenieros que lo examinaran. Llevaban más de una hora a su alrededor cuando el impulsor estalló en una titánica explosión que debió oirse a más de 100 km. de distancia. En unos pocos instantes de pesadilla, Nedelin y un número indeterminado de miembros del trust de cerebros de la cohetería soviética quedaron calcinados.

Aún así, estas muertes no frenaron las grandes zancadas de la experimentación soviética. Siguieron lanzando al espacio naves que llevaban un variado zoo de perros, ratones e insectos. Los científicos de EE.UU. sólo podían pensar que la URSS estaba a punto de lanzar una misión tripulada.

Los Estados Unidos también progresaban: después de los famosos X-15 (aviones tripulados a reacción que llegaron a alcanzar los 108 kms. de altura), llegó el proyecto Mercury. Para seleccionar a los astronautas americanos, se prepararon pruebas tales como una cámara sobrecalentada a 57 grados para probar la resistencia a los shocks físicos. Al final, sólo quedaron siete de 110 candidatos: John Glenn, Leroy Gordon Cooper, Malcolm Scott Carpenter, Walter Schirra, Virgil Gus Grissom, Alan Shepard Jr. y Donald Deke Slayton. Aunque (tras varios vuelos de prueba con éxito) los funcionarios de la NASA anunciaron al mundo su intención de ser los primeros en enviar al primer hombre al espacio, pronto habrían de tragarse sus palabras.

Yuri Gagarin (en la foto de encabezamiento; nacido en Gzhatsk, a 100 kms. de Moscú) dió una vuelta completa al globo (40.900 kms.) en una cápsula llamada Vostok 1, en una hora y cuarenta y ocho minutos, mientras escuchaba a Tchaikovski. Era el 12 de abril de 1961. Aterrizó sano y salvo en un campo ruso, convertido en héroe nacional y admirado por todo el mundo. Por motivos desconocidos, nunca más volaría en otra misión. Murió en un accidente de aviación en 1968.

Mientras tanto, los norteamericanos intentaban recuperar la ventaja perdida. Tres semanas y media después del vuelo de Gagarin, colocaban al comandante Alan Shepard, de New Hampshire, en vuelo suborbital. La Freedom 7 catapultaba así a los EE. UU. a la carrera espacial. Poco después, el presidente John Kennedy subía la apuesta: declaró que pondrían a un norteamericano en la Luna antes del final de la década.

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