Cuento Fantástico 03. Comienza la aventura

 

Capítulo 3. Comienza la Aventura

Carlitos tomó la firme decisión de abrir la ventana. Sacó la barbilla de debajo de la manta y alargó el brazo. El sapo dio un paso atrás y siguió observándolo sin dejar de echar un vistazo hacia atrás de vez en cuando. Carlitos, con sumo recelo, sacó medio cuerpo del frágil refugio de sus mantas y alcanzó la ventana. Con muchísimo cuidado de no hacer ruido, levantó el pestillo. El sapo dio otro paso atrás y tres a la izquierda, se movía con dificultad y no parecía ahora tan amenazador. Con poca determinación, abrió un resquicio de la ventana y al observar que no pasaba nada, se decidió a abrirla aún más. Entonces escuchó una voz dentro de su cabeza:

- ¡Ya era hora!

Carlitos se quedó parado, no podía ubicar la procedencia de la voz, no sonaba ni arriba ni abajo, ni delante ni detrás. De repente, la voz volvió para decirle.

- No te quedes parado ahora. Soy yo. Abre de una vez.

Carlitos se quedó más parado todavía, en contra de las instrucciones que acababa de recibir. Miraba en todas direcciones, muerto de miedo, por un lado porque todo le parecía misterioso y fantasmagórico y por otro, porque no podía entender cómo sus padres no se despertaban con esos avisos imperiosos.

- Sólo tú puedes escucharme. No te preocupes por nada. Abre de una vez, te digo -repitió la voz-. ¿Lo harás, o tendré que esperarme aquí toda la noche?

Carlitos no sabía qué hacer, pero ya tenía medio abierta la ventana así que se decidió a hacerlo un poco más y dejar espacio suficiente para que el sapo entrara a hacer lo que quisiera. Si venía a comérselo, que lo hiciera ya y que se acabara todo. ¿Qué más daba? Ya estaba cansado de temer y sufrir.

El sapo se asomó al resquicio abierto de la ventana y entonces volvió a escuchar la voz.

- Eres Carlitos, ¿cierto? Um, sí, eres Carlitos, ¿verdad? El sapo no se equivoca. A ver... Um, sí. Esta es la cabaña. Venga, vamos, tienes que acompañarme -le apremió el sapo desde dentro de su cabeza.

Así que era él el que le hablaba. Sí, lo había dicho claramente. Era el sapo. Dudaba si dirigirle la palabra, cuando volvió a la carga.

- Ah, Carlitos, puedes hablarme con la mente. Prueba a decirme algo sin abrir la boca, ya verás.

Carlitos no acababa de creerlo, pero no perdía nada haciendo la prueba. Pensó muy fuerte, mirándolo fijamente: Hola, sapo, ¿quién eres?

El sapo lo miraba con una mueca de impaciencia.

- Venga, ¿a qué esperas? -volvió la voz.

Carlitos, al fin, habló en voz baja.

- ¡Pero si lo estoy haciendo!

- ¿Sí? Um, qué raro. Pues no funciona. No, no funciona, um... qué raro -murmuró el sapo.

- ¿Pero me entiendes si te hablo? -preguntó Carlitos entre sorprendido y estupefacto.

- ¡Claro! ¿No lo ves? -respondió con cierto orgullo el sapo- ¿Por quién me has tomado? Venga, sal ya de una vez.

- Pero... ¿cómo voy a salir ahí fuera? ¿Y mis padres? Y tendría que vestirme, mis padres se despertarán... No quiero despertarlos... -susurró Carlitos.

- Ah, no te preocupes por eso. Te escupo y ya está.

- ¿Qué? -respondió Carlitos.

- ¿No dices que tienes frío? ¿Por qué querrías vestirte si no? Pues te escupo... um... a ver... sí, te escupo... espera que recuerde... Ah, ya, acerca la mano derecha.

Carlitos no podía creer lo que le estaba pasando, pero aún sí acercó la mano derecha a poca distancia del sapo.

- Pon la palma hacia arriba, estira el tercer dedo, a ver... -el sapo levantó una de sus patitas delanteras con la que le sujetó el dedo. Parecía tener más fuerza de lo que parecía y estuvo a punto de retirar la mano entera, pero Carlitos aguantó. Acarició con uno de sus deditos la parte interior del dedo anular de su mano derecha y dijo: Sí, aquí es, no te muevas -y acto seguido, abrió la boca y, después de retirar su pequeño dedito, escupió en la zona a la que se refería. De repente, una enorme sensación de bienestar se apoderó de Carlitos. Ahora se daba cuenta que antes tenía algo de frío, que no había advertido por la tensión del momento. Todo su cuerpo estaba igual de cálido, no tenía frío ni calor, desde las plantas de los pies hasta el último centímetro de su cabeza, sólo sentía la más agradable calidez. ¡Y la ventana estaba abierta! Se supone que debía entrar frío por ella. Pero Carlitos no lo notaba en absoluto.

- ¿Te sientes mejor ahora? -resonó la voz en su cabeza-. Claro que sí, el sapo no se equivoca. ¡Pues bueno soy yo! Um... sí... ¿saldrás ahora?

Carlitos no podía contestar, casi no escuchaba lo que le decía. Nunca se había sentido tan bien. Miró la pared y la sombra del maldito tenedor no estaba. Le entraron ganas de ir al cajón y decirle cuatro cosas a ese engendro, pero para qué, ahora estaba demasiado asustado para hacerlo.

 

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