Escuchadme, atenienses

 

   ―Peores noticias os traigo. Escuchadme, atenienses, la sombra de la derrota se cierne sobre nuestra polis. Esparta ha dispuesto sus soldados para la guerra tras su derrota en Naxos, donde su flota resultó vencida una vez más por la flota ateniense, rica en barcos, veloz en el Helesponto, ayudada por Ariadna y Dionisio, al cual hemos ofrecido libaciones y ofrendas durante tres días, así como a Atenea, nuestra protectora. Así pues, os pido que estéis preparados para la última batalla contra los espartanos antes del final de esta guerra que nos está costando tantos sacrificios a las polis del Ática, Tebas, Corinto, y el Peloponeso también, donde están planeando un pacto de neutralidad con Atenas y Esparta a sabiendas de que los espartanos no pueden soportar tantas derrotas marítimas y sólo queda una derrota en tierra sobre el Peloponeso para que esta guerra aciaga termine y podamos restablecer el antiguo esplendor ateniense sobre Grecia. Aquí se encuentra Sócrates, venido desde Leuctra, donde nuestro ejército rodeó en una loma a los espartanos, reducido en número, y los apedrearon con sus hondas mientras los arqueros reservaban las flechas para el ataque final. Él os va a hablar ahora en el ágora, como lo hacía antes de marchar a la guerra, cuando era un muchacho y trabajaba en la cantería. Sócrates, y no Eurípides, escondido en Tebas en la casa de su hermano para no luchar en esta batalla. Sócrates os pedirá la valentía para la batalla y la fuerza para soportar la derrota, si ésta cayese sobre nuestra polis. Él conoce a los espartanos desde que combatió junto a ellos contra los persas, escuchó la batalla de las Termópilas contada por un soldado persa capturado que vio la fuerza y el coraje de Leónidas y los espartanos, compartió amistad con algunos que perecieron en la batalla y comprendió la necesidad de victoria de los espartanos. Junto a él está Empédocles, venido desde el mismo cráter del Etna, donde el fuego eterno nos permite permanecer en esencia como los dioses inmortales. También ha venido Heráclito desde sus baños de barro en Éfeso, ciudad arrasada por los persas, no, perdón, me está diciendo que fue Mileto la ciudad arrasada y que Éfeso se convirtió en la ciudad más importante de Asia Menor. Él nos iluminará con su claridad meridiana en el mediodía de la batalla con su Palabra. Quienes aún no han llegado al ágora, oh, atenienses, son Homero y Hesíodo, ya que su viaje es más largo y penoso, y nuestro oráculo está intentando ponerse en contacto con ellos para que su palabra sabia sirva para llevar a Atenas al esplendor clásico que ahora nos espera para volver tras esta miseria que nos ha sido impuesta por Zeus como castigo por la derrota frente a los espartanos. Escuchadme, atenienses, una vez más, la última: yo os pido que os arméis de valor y con todo lo que tengáis en vuestras casas puesto que esta será la última batalla, la que nos libre de la tiranía espartana o la que nos devuelva la libertad y el dominio de Grecia. Ni Tebas ni Corinto, esas polis infestadas de oportunistas, nos ayudarán a vencer en esta larga guerra que dura ya más de cien años. Sólo nosotros, guiados por Atenea, lucharemos por la defensa de la democracia frente a Esparta, capital de la guerra. Habla ahora tú, Sócrates, sabio de Atenas, en la guerra y en la vida, que ya me callo yo, Ulises, fecundo en ardides.

     ―¿De qué coño hablas, Joe?

     ―Ah, te decía que lo tuyo no tiene nada que ver con la belleza…

 

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