El Hada Congelada

La Última Hada.

Había un hada congelada que estaba en un bloque de hielo, en el centro del bosque, desde hacía muchísimos años.

No se derretía nunca, por más que la temperatura fuera maravillosa. Las criaturas del bosque jugaban a su alrededor, en las agradables tardes del verano, pero nada conmovía a ese hielo. Diríase que el rostro del hada expresaba tristeza.

Dentro de su celda helada, el hada soñaba.

Soñaba con otros tiempos, los tiempos en que volaba, llena de arrogancia y sutileza, la más fantástica de todas las hadas que había habido, la más bella, la más poderosa, la última hada, elevándose entre las diminutas figuras que se inclinaban a su paso. Con sus magníficas alas cristalinas llenaba de reflejos el cielo y la tierra y hasta el espíritu del bosque tenía que taparse los ojos cegado por su brillo.

¿Por qué soy tan bella? -se preguntaba el hada. -No he hecho nada para que mis alas sean tan puras, ni para que mi pelo sea tan suave. ¿Por qué el agua resbala por mi piel sin tan siquiera mojarme? ¿Quién me ha hecho así? ¿Por qué soy tan poderosa? ¿Para qué sirvo exactamente y por qué se inclinan a mi paso? ¿Y qué es esto que llevo en este bolsillo cerrado?

Y el hada continuaba haciéndose estas preguntas y muchas más, mientras recorría su reino, observando, recreándose en el manto tupido de hierba que lo cubría, en las criaturas que lo poblaban, en la cadena de la vida que se desarrollaba a sus pies y que no le prestaba atención, en las hojas que caían y los nuevos brotes que venían a reemplazarlos en un ciclo que nunca acababa y que nada alteraba.

Pero un día, mientras volaba de espaldas al sol, recreándose en su propia sombra proyectada sobre la hierba, la luz pareció disminuir de repente. El hada, extrañada, se dio la vuelta y observó a lo lejos una enorme capa de nubes que se acercaba rápidamente y empezó a cubrir el bosque. La preciosa hada se sorprendió al ver que la negrura apagaba el brillo de sus alas y sintió que algo malo se ocultaba dentro de ella.

El viento empezó a soplar cada vez con más violencia, los animales se refugiaron en sus agujeros, empezó a llover con mucha fuerza y el agua se pegaba contra su rostro, cayendo sobre su piel, mojándola como nunca lo había hecho. Se sucedieron truenos y rayos gigantescos, pareciera que la enorme tormenta quisiera destruir el mundo, aplastarlo y devorarlo. Los árboles se arrancaban como manojos de pelo de un cuerpo enfermo, la tierra se levantaba y el hada no podía esquivar esos restos voladores. Las alas se le estaban resquebrajando, en su preciosa piel se clavaban astillas que se desplazaban por el aire con violencia y el hada, enfadada, decidió entrar en el agujero de la tormenta y ver qué demonio se encontraba allí dentro, descubrir quién intentaba destruir toda la belleza que la había rodeado desde siempre y por qué le hacía tanto daño.

Cuanto más se acercaba, más destructiva era su fuerza, la carne parecía que le ardía, el centro de la tormenta estaba caliente, muy caliente, cada vez más caliente, las corrientes de aire giraban alrededor de ella, la rodeaban, la abrazaban y empujaban hacia el centro. El hada, que nunca había sentido miedo, lo conoció por vez primera. Ahora no podía volver atrás, el viento la acercaba hacia el ojo de la tormenta, se quemaba, las alas empezaron a marchitarse, a retorcerse y el fuego apareció en los bordes de las alas que se convertían rápidamente en jirones desgarrados.

En medio de esa vorágine, pudo distinguir que en una parte de la negrura había una tormenta helada. El hada se quemaba, la nieve giraba en ese punto y se lanzó con la energía que le quedaba hacia esa salvación de morir abrasada.

En cuanto llegó a ella, sintió que las fuerzas le volvían y el frío la salvaba. Aliviada en un principio, no se daba cuenta de que sus movimientos eran cada vez más lentos y que su corazón se aletargaba como en un sueño. La nieve comenzó a adherirse a su cuerpo envolviéndola en capas más y más gruesas, rodeándola cada vez más, envolviéndola rápidamente en nieve helada que le impedía hacer cualquier movimiento, convirtiéndola en una figura atrapada dentro de un bloque de hielo.

Todo había sucedido muy rápido y, haciendo un enorme esfuerzo, se miró las manos, las alas, las piernas y no había ni rastro de desperfecto alguno, seguía siendo igual de bella y su piel igual de perfecta, el bosque parecía intacto y comprendió que había sido engañada por una ilusión cuyo fin era atraparla en esa trampa de hielo que rápidamente se compactaba.

El bloque de hielo descendió lentamente del cielo, el hada sintió vértigo porque todas sus sensaciones habían cambiado, no podía mover las alas, no tenía consciencia de su peso ni de sus fuerzas y sólo podía mirar hacia donde apuntaban sus congelados y verdes ojos. Cuando llegó al suelo, la hierba se veía nítidamente, las criaturas del bosque se apartaban asustadas y sus ojos refulgían entre los arbustos que estaban tal como antes de que todo sucediera.

El espíritu del bosque, mezquino y ruin, que había vivido ocultando sus sentimientos desde la creación del bosque, harto de su vuelo arrogante, cansado de saberse eclipsado, de ver a sus criaturas inclinadas ante la magnífica hada, había manipulado la naturaleza y creado un espejismo que sólo podría ver ella. Así, las criaturas serían testigos de una farsa en la que el hada se volvió loca, volaba sin rumbo hacia el cielo, su rostro se desencajaba por el terror y caía del cielo como castigo por algún mal cometido encerrada para siempre en un bloque de hielo que brillaba sin sentido en la tibieza del bosque.

Pasaron algunos días, luego meses, años, antes que ese lugar en el bosque fuera nuevamente ocupado, pero todo pasa y todo se olvida, la realidad se transforma, se convierte o se reinventa. Las opiniones se distribuyeron por grupos, unas criaturas tenían una y otras otra, hasta que la leyenda se hace ilusión y la ilusión, leyenda.†

Pronto, la figura del hada formó parte del mobiliario del bosque, las criaturas, acostumbradas a su presencia, se fueron acercando, perdieron el miedo y hasta se burlaron.

El Espíritu del Bosque sonreía satisfecho, todo iba bien, los animales le veneraban, la música que se bailaba era la que él hacía, el agua que se bebía era la que de él manaba y no había más alas que las de los insectos.

Como un niño que se acuesta recreándose en sus sueños infantiles que se cumplen una y otra vez antes de dormir, el Espíritu del Bosque cerraba los ojos y pensaba en la dicha de ser el único, el absoluto, el verdadero Espíritu al que las criaturas vuelven su rostro para agradecerle la bienaventurada vida que llevaban. Vanidoso, repugnante y ciego, sonreía al recordar las malas artes que le habían llevado al paraíso de la soledad, del poder no compartido, a la maravillosa sensación de la ausencia de alas volando por encima de su cabeza, inalcanzables. El Espíritu se encarnaba en madera vieja y carcomida, en gusano gigantesco que se arrastra, en piedras con aristas que descansan al sol en una loma, en una poza de agua que reposa... y así iba cambiando de forma a su capricho mientras la vida alrededor continuaba su curso sin que él interviniera para nada.

Mientras, el hada intentaba moverse cada segundo que pasaba. Nunca dejó de resistirse, aún con la firme sospecha de que su fuerza era inútil. Ya llevaba cien años allí dentro y aún no había conseguido nada. Sus ojos eran fuegos de esmeralda, fríos, esmeraldas congeladas, sus uñas rosas de cutículas preciosas que intentaban arañar y no podían, su piel se había vuelto blanquecina, con el brillo de la seda mojada, sus dientes se clavaban en el hielo o el hielo se filtraba entre sus dientes y sus labios lo besaban en un beso eterno que no lo calentaba. El corazón que no se sabe si se para, se relaja, se detiene, bombea dulcemente o se dispara, y una frondosa y brillante cabellera caía por sus hombros, tan redondos, delicados, perfectos, torneados y esbeltos, pero quietos, congelados.

Y un día, un día como tantos, uno más de los días infernales que llevaba allí encerrada, un insecto casi invisible, el más pequeño que jamás se hubiera visto, se paseó lentamente por el hielo. Era tan, tan pequeño, tan diminuto que ni cien ojos serían suficientes para ver a cien de ellos. Y anidó allí, allí hizo su nido aquél insecto. Era tan pequeño, hacía tan poco ruido, que pasó desapercibido para el Espíritu del Bosque, que vivía relajado y disfrutaba de ver cada mañana al hada irresistible indefensa dentro de la cárcel donde él mismo la había encerrado.

La diminuta criatura vivió allí y se reprodujo, y estos a su vez se reprodujeron y así mil veces y mil veces más mil veces. Sus pies eran tan finos, tan finos y pequeños, y tantas veces lo recorrieron que hicieron una linea microscópica en la superficie del hielo.

Y pasaron otros mil años.

Ese hada hipersensible, sintió rápidamente una falta de presión por encima de su cabeza. Una finísima arista de hielo iba profundizando, casi del todo imperceptible, acercándose lentamente a ella. No podía mirar hacia arriba, no salía aire por su garganta, no podía mover un músculo, pero por dentro, gritaba y gritaba, medio loca, “¡Abrete! ¡Abrete! ¡Abrete!”

La diminuta criatura cada vez estaba más cerca, más cerca y más cerca y se acercaba, la arista se hacía más y más profunda y ya quedaba a la altura de sus rostro. Con sus ojos amplificados por su naturaleza y por el hielo, el hada acertaba a ver a la minúscula criatura que se aproximaba.

Y el hada soñaba.

Dentro de su celda helada, el hada soñaba.

Soñaba y soñaba, en sueños largos y estudiados, soñaba con cuánto daño le habían infringido, con caminar de nuevo y sentir la tierra y la hierba, el agua, el viento, volar... volar y volar... sentía tantos deseos de volar que deseaba llorar y no podía, no podía, y como no podía quería llorar más y más fuerte, quería llorar hasta morirse, llorar y llorar hasta consumirse.

Y el tiempo seguía pasando lentamente, con una crueldad casi infinita, hasta que un día, un día, la criatura que se hallaba tan profunda arañó la última capa que la separaba, llegó a rozar su piel, un infinitesimal flujo de aire entró en contacto con ella y el hada sintió que el fuego de todos los fuegos le devolvía la vida. Y en ese mismo instante, el bloque explotó con un trueno indescriptible, se fundió mientras caía y el agua, al contacto con su piel, salía despedida. El hada abrió la boca y apretando los dientes lanzó un grito sordo, tan sordo que no se oía y gritó y gritó y el grito se quedó dentro y el aire que contenía era fuego sin sonidos en una escena tan extraña que era pura poesía.

El Espíritu del Bosque se había relajado y dormía convertido en un tronco apoyado sobre otro que le sostenía y, cuando despertó, encontró delante suya al hada flotando sin un ruido. Antes de que pudiera tomar aire siquiera, el hada levantó los brazos, extendió las manos y el poder acumulado de tantos años encerrada hizo volar la faz de la tierra, los árboles se desintegraron, las criaturas se volatilizaron y el bosque desapareció.

Las pequeñas criaturas que la habían salvado, enredadas en su pelo, resguardadas de su furia, habían sobrevivido. El hada tenía semillas en el bolsillo que había abierto sin pensar, hipnotizada, el que desde siempre había tenido bien cerrado. Las diseminó lentamente sobre la tierra y se sentó, cansada, a esperar que el nuevo bosque renaciera.

Tal era su misión.

Ahora lo comprendía.

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