Ludiguer - al loro - el carné por puntos

El otro día fui, como otras tantas veces, a un conocido centro comercial, y tras dar una vuelta por él y comprar un par de cosas que necesitaba, me disponía a salir cuando de repente me tropecé con la tienda de animales. Como no tenía prisa, ni iba cargado, decidí entrar y ver los animalitos que allí tenían, simplemente por el placer de verlos. Cachorros de perro, peces, canarios, tortugas, loros. ¡Loros!, mira que curiosos son, con sus plumas de colores y esa manera de mirar tan descarada que tienen. Total que me quedé mirándolos y mientras miraba a uno de ellos, me acordé de mi mujer, no por que haya el más mínimo parecido físico entre ellos, ni mucho menos, sino porque siempre que vemos un loro me dice que le gustaría tener uno de ellos, y que le resultan muy tiernos. Así que no sé ni cómo ni por qué, pero de repente me vi en el mostrador, con la jaula en una mano y la tarjeta de crédito en la otra. Bueno, pues ya no era yo el único animal de la casa. Al llegar al coche metí la jaula en él de modo que desde el retrovisor pudiera ver al loro, como si yo fuera el taxista y él el cliente, y emprendimos el camino de regreso a casa. No había mucho tráfico pues era un sábado por la mañana de julio y la gente estaba más en la zona de la playa, pero tampoco puedo decir que iba solo. Total, cogimos una de las grandes avenidas que llevan a casa, semáforos en verde, y mientras conducía, iba mirando de reojo al loro, que iba mirando a todas partes como queriendo descubrir de golpe todo el mundo que desde su tienda no había podido descubrir antes, y cuando íbamos a llegar al último semáforo, éste se puso ámbar, con lo que yo frené al tiempo que un coche a cada lado hacía todo lo contrario con el fin de pasar antes de que cambiara a rojo, y una vez cambió, fueron dos más a mi izquierda los que pasaron de largo, obligando a un señor mayor con una niña a esperar en la acera a que pasaran, a un motorista que venía de la avenida que cruzaba a hacer una extraña maniobra, exitosa por lo fluido del tráfico y a otro coche a frenar y a ofrecerles un bonito concierto de bocina. Los conductores que esperábamos a que nuestro semáforo cambiara a verde nos miramos con cara de perplejidad, y mientras seguíamos esperando, oigo decir, “oye”, miro a un lado y a otro de mi coche por si había pasado alguna moto por mi lado, pero nada, el semáforo cambia a verde y reanudo la marcha, y dos segundos más tarde vuelvo a oír, “eh, eh, oye”. ¿Cómo que oye?, la radio no es que esté apagada, sino que está en casa, voy solo en el coche, nadie a mi alrededor y alguien me dice “oye”. No será lo que me imagino, no, no puede ser, pero aun así no puedo resistir la tentación y de reojo miro por el retrovisor al loro, y en ese momento y al tiempo que se mueve el pico del loro, una voz me pregunta. “¿Eso era un semáforo verdad?, y yo aun sin salir de mi asombro contesto “Sí,” y acto seguido no puedo evitarlo y digo, ¿Pero hablas?, y la imagen del espejo me dice, “¿No lo haces tú?”, “sí, pero yo soy un...” no puede ser ¿Estaba hablando con un loro?, pues parece que sí, y no contento insiste, “¿por qué unos habéis parado en él y otros han ido más rápido?”, bueno, pues parece ser que no tenía mas alternativa que seguirle la conversación o salir corriendo, pero a ver cómo explicaba el motivo de mi carrera, así que le expliqué, eso sí, moviendo la cabeza rítmicamente para que los que me adelantaran pensaran que estaba cantando y no hablando solo, que lo correcto era pararse cuando estaba rojo, y lo incorrecto era lo que habían hecho los otros. Entonces el añadió, “pero también es peligroso, ¿no?”, “pues sí” respondí, y añadí sorprendido de ver con que naturalidad hablo con los loros “imagínate si a ese señor se le llega a escapar la niña de la mano y al ver que su semáforo estaba en verde cruza la calle, o si el motorista no hubiera tenido el espacio suficiente para maniobrar y esquivarlo”, “o si mañana es el señor mayor el que se salta un semáforo cuando la hija de este temerario conductor va a cruzar una calle mientras su padre la lleva al colegio, y luego el motorista se salta otro semáforo y atropella a la niña” añadió el loro. ¿añadió el loro? Y lo digo como la cosa más normal. “además” siguió argumentando mi amigo ave, “¿no es el coche de delante uno de los que ha estado a punto de organizar toda esta tragedia?”, “pues sí” le dije yo, “Y ¿qué ha adelantado?, ¿ha puesto en peligro la vida de cuatro personas para luego parase en el siguiente semáforo e ir exactamente delante de ti que sí te has parado?” “en fin” tuve que decirle, “las personas solemos hacer cosas muy raras, y además de no adelantar nada, si lo pillan le hubieran quitado puntos del carné”. “Sí, eso ya lo sé, pero ¿no es muy triste que cuando se le dice a las personas que sigan las normas de tráfico porque su vida y la de los demás está en peligro no se haya conseguido gran cosa, y ahora lo quieran conseguir simplemente amenazándolos con quitarle unos puntos de un carné?, ¿No tenéis el orden de preferencias un poco equivocado?”. Callé por unos segundos y sólo pude decirle. “ah mira, ya hemos llegado a casa”.

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