Ludiguer - al loro - disfruta del silencio

Hoy he llevado a mi loro al veterinario a una de sus periódicas revisiones, y mientras estábamos en la sala de espera yo me daba cuenta de que él no paraba de observar a todas y cada una de las muchas personas que allí estaban acompañando a sus mascotas, pero por supuesto, y eso es algo que le he de agradecer, delante de extraños nunca dice ni pío, o ni grrrua, que es más o menos lo que suelen decir los loros, aunque yo sabía que algo no le estaba pasando inadvertido. Así que tan pronto como subimos al coche me dijo “¡Qué ganas tenía de salir de ahí!”, “¿Qué pasa?, ¿Te pone nervioso el veterinario?”, le pregunté yo, “No. Me pone nervioso la gente que hay en el veterinario”, me respondió, “¿Cómo que la gente?”, le pregunté medio sonriendo mientras le miraba a través del retrovisor. “¿Te has dado cuenta de que ha habido gente que no ha parado de hablar desde que hemos entrado?”, me dijo con tono de queja, “Sí. Hablan como loros, ¿verdad?”, le contesté de manera burlona, lo que hizo que se acercara a los barrotes de su jaula y me dijera, “nunca he conocido a un loro que hablara tanto como habla esa gente, así que ya podéis ir cambiando la expresión”, “venga, no te enfades que te lo he dicho para picarte”, le dije para calmar los ánimos, y continué diciéndole, “aunque tienes razón en que había algunas personas no han dejado de contar cosas”, “¿contar cosas …?”, me interrumpió, “… de hablar. ¿Qué digo hablar?, dispersar frases en todas direcciones como si fueran aspersores. Empezando con el de su derecha, para continuar con el de su izquierda, con la señora que ha entrado, con la enfermera, con el mensajero que ha traído una nevera, con el señor del pez naranja, con la chica del gato, y hasta ha venido a hacerme tonterías a mi jaula.”, “¿A ti también?”, le pregunté sin poder aguantar la risa, “a mi también y ya iba a por ti pero te ha salvado el móvil”, añadió él. “Bueno. Es gente simpática y comunicativa”, le dije yo tratando de quitar hierro al asunto, a lo que él rápidamente replicó, “No. La simpatía y la comunicación son otra cosa, eso es gente …”, y entonces le interrumpí, “venga tranquilo, no te pongas así”, “pero ¿cómo se puede saber de todo?”, continuó explicando con indignación, “ha tenido un diagnóstico para el caniche del señor de la derecha, su primo tenía un canario con los mismos síntomas que el periquito de su izquierda, a la señora que ha entrado le ha explicado donde comprar la gotas para su perrito, y cómo y cada cuánto se las ha de poner, a la enfermera el orden en el que nos debía llamar, al mensajero dónde dejar la nevera, al señor del pez lo que tenía que echarle al agua para que su mascota tuviera los colores más vivos, a la chica del gato le ha recetado vitaminas, pero no sé si para la chica o para el gato, y hasta a mí me ha dicho que no estaría cómodo en mi jaula y por eso tenía ese gesto de enfadado”, “¿y era por eso?”, le pregunté yo para tirarle de la lengua y que me amenizara el viaje de regreso a casa, y no me vi defraudado ya que siguió diciendo, “claro que no. Era porque ya no aguantaba más sus historias acerca de todas las mascotas de su familia y conocidos, sus enfermedades y habilidades, todo menos callar un minuto. Solo un minuto. Pero ni eso. Tan pronto como se le marchaba una víctima ya veías como buscaba a la siguiente, metiéndose en medio de otras conversaciones hasta acaparar la atención y vuelta con sus mascotas, las de su familia y las de los conocidos”, entonces al oír esto yo le dije, “mira, tenemos dos frases que resumen un poco lo que estás diciendo, una dice que es mejor estar callado y que los demás crean que eres tonto, que hablar y disipar sus dudas, y la otra en la que le sugiere a uno que no diga nada si lo que va a decir no mejora el silencio”. “Oh, silencio”, susurró mi plumoso acompañante, “¿no sabe esa gente disfrutar y hacer disfrutar el silencio?, ¡si el mundo sigue girando sin sus consejos y explicaciones!”, “Hombre”, le dije yo, “el silencio es bonito si lo eliges, pero cuando se tiene porque no hay otra alternativa tampoco es agradable, y si además se produce porque ya no queda nada que decir puede ser hasta peligroso”. “Cuando os veo en casa”, me empezó a explicar, “que a veces solo necesitáis una mirada para empezar a reír, o podéis estar un buen rato en silencio con esa tranquilidad que se respira”, “hasta que tú la interrumpes”, le añadí, pero él sin hacerme caso continuó diciendo, “entiendo lo que de verdad es disfrutar del silencio”, y dicho esto le tuve que decir, “pues empecemos a disfrutar de él durante un rato que ya hemos llegado a casa y hay unos vecinos en la puerta”.

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