Ludiguer - al loro - fauna de zapatería, ropa y complem

Serían cerca de las nueve de la noche cuando llegamos a casa, e igual que aquellos que tienen un perro por mascota suelen estar acostumbrados a que al llegar, su fiel amigo salga a recibirles moviendo su cola, en nosotros ya empieza a ser una costumbre que nos reciba un gruñido de nuestro loro desde la otra parte de la casa, y una ensalada de preguntas aderezadas con incontinencia verbal y unas hojas de humor plumoso e ironía ornitológica, y ese día no iba a ser diferente, así que tan pronto como me vio me preguntó, “¿de dónde venís?”, “pues del centro, de comprar un par de cosas qué hacían falta y ver algo de ropa. En fin, ya sabes.”, le contesté yo. Entonces, como de costumbre, mi policromo amigo capturó la respuesta, la transformó y me la volvió a lanzar en forma de pregunta, “¿cosas para ti?”, “Bueno. No exactamente”, le respondí. Él entonces se giró hacia sus pipas diciendo, “¡Ah!”, pero es tipo de –ah- que cualquier otro pensaría que cierra una conversación, y que yo sabía que era la calma que precedía a su tempestad verbal. Así que como lo interesante era empezar pronto para terminar antes, me fui hacia su jaula y le dije, “¿¡ah! qué?”. Entonces él se volvió a girar hacia mí con una pipa en su pico, la mondó, se la comió y me preguntó: “¿Tú eres de los comunes o de los exóticos?” , “Dios mío,” pensé yo con una parte de mi cerebro mientras la otra parte buscaba sin éxito hasta por debajo de la más recóndita neurona algo con lo que poder relacionar semejante pregunta y así dar una respuesta que al menos me permitiera salir airoso del envite. Pero como nada encontré, probé con lo más parecido que en ese momento había en mi materia gris que ya para entonces debía ser verde gelatinosa y le respondía con la pregunta, “¿Estamos hablando del parlamento Británico y mis ideas políticas?”, y él se apresuró a responderme, “No. Estamos hablando de si cuando estáis de compras en un centro comercial o en unos grandes almacenes tú eres un marido como la inmensa mayoría o de los otros”. Ahora sí estaba claro. Creo que hubiera sido más fácil haber contestado a mi versión de la pregunta que a la suya. Estábamos donde al principio pero con más información, y pese a dedicar ahora todo el cerebro a buscar algo que responder, volvió a no haber éxito, así que de nuevo tuve que responder con una pregunta, “¿y qué diferencia hay exactamente?”. Entonces él me explicó que “cuando yo vivía en el centro comercial donde nos conocimos, si lo recuerdas, yo estaba junto al escaparate que daba a las tiendas de ropa y zapatería, y allí día tras día veía parejas como vosotros que iban de compras. Bueno, ella iba de compras y él de lo que podía. A la tienda siempre entraban cogidos de la mano, pero nada más atravesar la puerta, ella se soltaba de él y se paraba a tocar todas y cada una de las prendas que había en el primer expositor, sin importar talla, color o forma. Las grandes había que probárselas aunque fuera por encima, para comprobar que eran grandes, las pequeñas igual, y el resto también”. “¿Y él?”, le pregunté yo, “porque la pregunta tuya va de él y no de ella”, “pues él ya estaba como un metro por detrás de ella, mirando hacia el techo”. Continuó y añadió, “pero cuando ¿puedo decir el macho y la hembra”, “hombre, no es lo más correcto, pero creo que no estoy legitimado para decirte que no, pues yo así me referiría a ti”, le conteste, “bueno, pues cuando el macho se cree ya se van de esa tienda porque están abandonando el primer expositor en dirección al pasillo central”, siguió contándome, “ la vista de la hembra se desvía hacia un segundo expositor más adentrado en la tienda, y tras volver a tocar todo, ésta le da una percha con una prenda a él, la cual sujeta apoyándola en su hombro al tiempo que ella sin mirarle, sigue tocándolo todo y a él le toca entretenerse mirando a otra pareja que entra en la tienda para iniciar el ritual”. “¿Quieres decir que también se para en el primer expositor?”, le pregunté yo, y el me contestó, “exactamente. Pero lo peor no es que esa pareja le haga recordar su inmediato pasado, sino que si mira dos expositores más adelante tendrá ante sí su ineludible futuro, ya que ve a otro macho con la espalda apoyada en una columna, tres prendas en la mano derecha, y el bolso y el abrigo de ella en la izquierda, y dando su opinión sobre un artículo al que no ve diferente de los otros que ya lleva en su mano y que irremediablemente va a acabar también en su extremidad superior”. “La verdad es que tienes razón”, apostillé, “Es curioso ver como ellas retozan ágiles de un lado a otro de la tienda con una viveza envidiable, y a ellos con caras largas, deambulando por el recinto como almas en pena, y tropezando con todo lo tropezable porque las piernas no dan para más”, “pero, ¿a que si sacaran por ahí un balón las piernas volverías a funcionar?”, preguntó el retóricamente y luego continuó, “por eso yo desde la soledad de mi escaparate pensaba que si tuviera una tienda de ropa, dedicaría un espacio a colocar una gran pantalla con una diversión masculina generalizada, es decir, fútbol; con varios asientos más o menos cómodos, una mini-barra, o un mini-bar, y a pasar la tarde. Ellas comprando, y ellos viendo fútbol, y te aseguro que aumentarían las ventas, ya que llegaría un momento en el que hasta quedarían ellos en la tienda para ver los partidos con sus nuevos amigos, mientras ellas harían lo propio, pero para comprar”. “Bueno”, le dije yo, “y estos son los comunes, ¿no?”. “Sí”, me respondió, “y los exóticos, pues está claro. Como exóticos que son, son más variados, pero en general son los que eligen por ella o en consenso con ella, le buscan lo que más combina con la prenda elegida anteriormente, van un paso o dos por delante de ella y les pesan mucho menos las piernas. Van igual de cargados, ya que eso es común a ambos grupos, pero su actitud les da mas fuerza y parece que puedan soportar más peso. Algunos de ellos mirarían de vez en cuando de reojo a la pantalla del fútbol si existiera, lo que a la larga los convertiría del primer grupo, pero siempre quedarían los genuinos a los que ni siquiera les gusta el fútbol. Por cierto, aún no me has dicho a qué grupo perteneces”, entonces me fui alejando de la jaula para ir a ponerme ropa cómoda y mientras andaba por el pasillo le dije: “¿responde a tu pregunta saber que tan sólo atravesar los hierros que detectan objetos robados me hace bostezar?”.

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