Ludiguer - al loro - la parida de la paridad

Como la noche anterior me había acostado pronto, esa mañana me levanté fresco y sin sueño, así que como cada mañana, fui haciendo cosas los más en silencio y a oscuras posible para no molestar al resto, hasta que llegó el momento de preparar los desayunos, así que fui hacia la cocina, atravesando el comedor de puntillas para no despertar al loro, y allí y sin encender luces empecé a sacar vasos, platos, cuchillos y todo lo necesario para prepararlos. Pero cuando sólo habían transcurrido un par de minutos, oí tras de mi una angelical voz que me decía. “Anoche me dejaste con la palabra en el pico. Tenemos una conversación pendiente, pues aún no sé como solucionar lo de la paridad entre monos, mo…”, y ahí le interrumpí. “Deja ya al pobre mono en paz. Olvídate del asunto, los simios son los simios y los humanos somos los humanos. ¿Que muchas veces no se sabe dónde termina el simio y empieza el humano o al revés?, pues sí, pero al final y en la mayoría de los casos se sabe quien pertenece a cada especie”. “Bueno, pues vale” dijo él resignadamente mientras yo, ante la evidencia de que ya no había marcha atrás a su verborrea matutina, le quitaba el capuchón a la jaula, y le oía decir: “… no te preguntaré acerca de los simios.”, y empezó a arreglarse con el pico el plumaje de su pechuga. Lo hacía sin prisa, como olvidándose de que había una conversación empezada, pero yo sabía que el misil se estaba fabricando en su interior y en breve tendría que ser disparado. Y no se hizo esperar. Tras arreglarse unas plumas de la espalda … ahí estaba, me miró y me dijo. “Pero los humanos entre vosotros sí sois todos iguales, ¿verdad?”. “Pues no”, le contesté yo, y añadí, “unos son altos, otros bajos, unos morenos, otros rubios o pelirrojos, unos blancos, otros negros, otros amarillos. Yo qué sé. Hay, de todo, pero a simple vista se nos distingue de cualquier otra especie, si es a eso a lo que te refieres”. “Ah”, pareció decir conformado, pero al momento continuó, “y de todas esas clases hay machos y hembras, o como lo decís vosotros, hombres y mujeres, ¿no?”, “pues claro que sí” le respondí, y tratando de recordar el orden anterior le dije: “también hay altas, bajas, morenas, rubias, pelirrojas, blancas, negras y amarillas. De todo hay, somos una especie muy completa.”. Entonces él, mientras escupía la cáscara de la primera pipa del día y se comía su interior me pregunto: “¿y en la misma cantidad que de hombres?”. “Pero, ¿qué bobadas dices?, ¿cómo va a haber la misma cantidad de altos que de altas, de rubios que de rubias, de negros que de negras, o cualquier otra cosa?, hay gente de todo tipo en el número que la naturaleza o quien quiera que sea decide, pero ¿cómo se te ha ocurrido eso?”, le tuve que aclarar. Pero no quedó contento e insistió. “Pero al menos en España sí, ¿verdad?”. “Sí”, le contesté yo, “hay un tío al que todos pagamos que se dedica a ir contándonos y haciendo listados, y cuando hay uno de non, él mismo va a casa de éste y lo saca a patada limpia a la frontera, y allí espera hasta que haya otro u otra como él y ya puedan estar los dos aquí.”, y como le vi venir seguí diciendo: “y no me preguntes sobre este tío, ya que ha sido una respuesta irónica. No existe tal tío”. Hala, asunto zanjado, creo que no he dejado ninguna brecha por la que pueda penetrar su fluida incontinencia verbal. Bueno, eso es lo que creía, pero por supuesto siempre queda una grieta por la que entrar, y allí estaba él con su siguiente pregunta, “entonces, ¿qué es esa famosa paridad entre hombre y mujeres de la que hablan?, porque yo creía que era que tenía que haber el mismo número de unos que de otras en todas partes, pero según lo que tu dices …”. “¡Ah bueno!”, respondí aliviado al ver que más o menos esa pregunta me la sabía. “Eso es que con el fin de evitar la discriminación que la mujer ha venido sufriendo, el gobierno pretende paliarlo obligando a que en los lugares de trabajo haya el mismo número de hombres que de mujeres”. Entonces él me miró con cara como de haberse enterado, y dijo. “Ah, ya lo entiendo, una forma de paliar la discriminación parecida a la que hacen algunos centros comerciales y grandes almacenes que te dicen por megafonía que si necesitas vestir tallas grandes, allí las encontrarás ya que hay una sección especialmente dedicada para ellas. ¿No sería menos discriminatorio ir poniendo unas tallas tras otras en la estantería de la menor a la mayor sin distinciones, que decir que si quiere comprar una prenda determinada una persona delgada, la encontrará en el tercer piso, pero esa misma prenda para las personas gordas está en la quinta?”, “hombre, sí” le dije yo, pero no veo el paralelismo”. “Pues está claro”, dijo mientras se comía otra pipa, “pues que no hay mayor discriminación que hacer una distinción de lo que se pretende no discriminar. Si lo sacas del grupo ya lo estás convirtiendo en algo diferente al resto”. “Creo que sé lo que dices, pero sigo sin verlo”, le dije. “Veamos”, me dijo tirando la cáscara de lo que debía ser la decimoquinta pipa, “a ti que te gusta el fútbol. ¿Dime cuántos jugadores de cada raza debe tener cada equipo?”. “No está establecido”, le dije yo, “cada equipo puede tener los jugadores de las razas que quiera siempre que no exceda el número limitado de no comunitarios”, “Eso es”, afirmó él, “luego un equipo de fútbol español podría estar formado por solo jugadores negros, y otro por todos blancos, o mezclarlos del modo que más convenga, ya que no hay distinción entre las razas, es decir, todo son jugadores y punto. Por eso, si ahora y para evitar discriminaciones surgiera una norma que obligara a los equipos a tener tantos blancos como negros, podría darse el caso de que equipos con más negros de lo estipulado tuvieran que deshacerse de ellos para contratar blancos que a lo mejor son de inferior calidad que los negros despedidos, o habría equipos que tendría que contratar a negros que no encajaran con su esquema de juego teniendo que vender a blancos que sí, total, que no sería un gran avance”. La verdad es que visto así, pues tenía razón, pero aún no terminaba de verlo claro y así se lo dije, entonces él continuo. “La semana pasada fuiste a una clínica a hacerte una revisión, ¿no?”, “Sí” le contesté, -“¿Y quien te atendió en recepción?”. -“Una chica” le conteste. -“¿Y quién le ayudaba trayendo y llevando papeles?”. -“Otra chica” respondí. -“¿Quién te saco sangre?”. -“Una enfermera”. -“¿Y quién te hizo la revisión?”. –“Pues una doctora”, -“Y a quien más viste por allí,”. –“Pues otra enfermera o doctora metida en su bata blanca”. –“¿Y quien limpiaba?”, -“pues otra señora. La verdad es que en casi dos horas no vi a ningún hombre que trabajara allí.”, -“Entonces”, continuó, “¿Que hay que hacer en esa clínica”, ¿despedir a tres mujeres o contratar a seis hombres?, o ¿es mejor que contraten a la gente en función de la necesidad sin pensar si es hombre, mujer, blanco, negra, alto o morena?, y así en todas las facetas”. “Pues tiene razón el pajarraco éste”, pensé yo, y él continuó, “en una película, en una obra de teatro, en una orquesta, en televisión, por citar ejemplos fácilmente visibles y en otros miles de trabajos no hay el mismo número de hombres que de mujeres, éstos se contratan según la necesidad y se les paga según su valía o la importancia de la labor que desempeñan, y no parece que les vaya mal. Lo que hay que hacer es preocuparse de que la norma anterior se cumpla y que cada una reciba en relación con lo que aporta. Pero eso es mucho más costoso que dividir a la gente en dos equipos y decir que la partida la juegan el mismo número de jugadores por equipo, ¿no crees?”. Y entonces yo le contesté. “¡Hala!. La tostada se me está quemando. Te pongo la radio y ahora vengo”.

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