Ludiguer - al loro - de verdad de la mala

 

De verdad de la mala

 

Una tarde cualquiera me senté en el balcón a refrescarme, y acerqué la jaula de mi loro al ventanal para que le diera la luz natural y pudiera ver los coches circular por la calle mientras yo cerraba los ojos dejando que la brisa vespertina refrescara mi cara y Morfeo me tentara, e incluso algo más que eso, con sus largos brazos, cuando al momento mi incansable mascota me preguntó, “oye, ¿tú eres una persona sincera?”, al oír la pregunta abrí mi ojo derecho, que era la única parte de mi cuerpo sobre la cual aún podía en aquél momento ejercer algo de control, enfoqué hacía mi plumoso amigo y volví a cerrarlo con la esperanza de aquello no hubiera sido realmente una pregunta, sino un simple gruñido o un mero producto de mi imaginación. Pero para mi infortunio, unos segundos más tarde la melodiosa, por no decir la muy odiosa, voz de mi mascota volvió a romper el silencio, y colocando su cabeza pegada a los barrotes más cercanos a donde yo estaba me volvía a decir, “¿tú dices siempre la verdad?”, bueno, pues estaba claro, las esperanzas de disfrutar de esa maravillosa mezcla entre siesta y cabezada se había desvanecido, así que para recuperarlas me quedaba como último recurso cerrar la puerta del balcón y que él hablara desde dentro lo que quisiera pues fuera no se oía nada, pero pese a que lo intenté, no llegué con el pié, así que me tenía que levantar a cerrarlo, con lo cual ya casi me compensaba contestar y esperar que se diera por satisfecho y no hubiera más preguntas. Por un momento pensé qué respuesta le daría menos pié a réplica y aún con los ojos cerrados y entre dientes le contesté, “sí”, pero casi sin terminar, ya me estaba replicando, “¿siempre?, no, seguro que siempre no, ¿verdad?”, con esto, y aunque yo continuaba con los ojos cerrados, fui viendo como Morfeo ya empezaba a tener sus dudas acerca de si sería yo su compañero de viaje idóneo, pero en un intento desesperado de recuperar su confianza respondía a mi latoso amigo, “bueno, pues siempre no”, “¿lo ves?”, se apresuró a contestarme, ”¿ves como siempre no?, pero eso no es malo”, “¿no es malo?”, le pregunté con voz cada vez menos adormecida, “pues no”, insistió, “siempre no es necesario decir la verdad”, en aquel momento Morfeo no es que se había marchado sin mí, sino que estaba dándose cabezazos por las paredes desesperado oyendo la incontenible verborrea aviar que le había tocado padecer. Me incorporé de la butaca y le dije, “¿en qué quedamos?, ¿hay que decir la verdad o no hay que decirla?”, entonces ya satisfecho su empeño de que yo no pegara mi cabezada esa tarde, se tomó su tiempo y me respondió, “como todo en esta vida, los extremos no son buenos, y los ‘siempre’ y los ‘nunca’ son muy peligrosos de manejar, como siempre …, perdón, matizo, como en la mayoría de las ocasiones, hay que saber manejarse con las gamas intermedias, ni el blanco ni el negro, sino los grises”, ante tan gráfica explicación y dado que aún no sabía muy bien de qué iba la conversación, simplemente me limité a decirle, “los grises. Muy bien, lo tendré en cuenta”, pero me temo que aquello no le valió de mucho y siguió diciéndome, “sabes a lo que me refiero, ¿no?”, levanté nuevamente mi adormecida mirada y le respondí, “es obvio que no sé a qué te refieres. Sé que desde que he salido aquí no has parado de hablar, pero como estaba intentando dormir, pues no te he prestado mucha atención, pero ahora que ya no tengo sueño, ya puedes decirme de qué estás hablando a ver si oyéndote hablar me vuelve a entrar la modorra”, entonces ligeramente indignado se subió a los barrotes de su jaula y me contestó, “pues va de eso que acabas de hacer precisamente. A mi modo de ver las cosas, me has dicho la verdad pero no era necesario que te recrearas tanto en ella”, “bueno”, le dije yo, “¿no preguntabas si yo decía siempre la verdad?”, al decirle yo esto me miró fijamente y me preguntó, “¿quieres que te diga yo también alguna verdad sin guardarme nada en el tintero?”, “pues no”, le respondí, “además, yo no te he despertado a ti pidiéndote que me dijeras la verdad”, en ese momento se bajó de los barrotes y me dijo, “¿ves?, es lo que suele ocurrir. Desde hace algún tiempo me estoy fijando en dos comportamientos humanos que me llaman mucho la atención”, en ese momento y puesto que ya estaba sin ninguna posibilidad de dormirme, me incorpore apoyando mis codo sobre la mesa del balcón y le pregunté, “¿y de qué comportamientos se trata?”, a lo que me respondió, “pues por un lado, los de aquellos que son incapaces de maquillar una verdad con alguna omisión de información que aunque auténtica se podría considerar innecesaria, irrelevante y en ocasiones nociva, y luego en el extremo opuesto, están los que son incapaces de decir una verdad sin maquillarla con alguna mentira o con alguna exageración de mayor o menor grado”, ahí yo ya sabía más o menos de qué iba la cosa, pero en ese momento era a mí a quien le apetecía conversación, así que le tiré de la lengua, “pero, ¿puedes decirme alguien en concreto para que me haga una idea de lo que me dices?”, entonces sacudió sus plumas y me dijo, “por supuesto que no te voy a decir nombres, no sería correcto, pero tampoco creo que sea tan difícil de entender”, y mientras me decía esto, volví a poner mi espalda contra el respaldo de la butaca y le dije, “a ver, explícame en qué consiste el primer grupo”, y él motivado por mi aparente interés en su discurso empezó a decirme, “pues en este grupo se incluyen aquellas personas que un día deciden, y digo deciden porque no es algo innato sino que es una conducta voluntaria, que a partir de un día, sólo se van a reír de lo que les haga gracia, sólo van a hacer lo que les apetezca hacer y lo que no les apetezca no lo harán, y van a decir ni más ni menos que lo que sienten, sin valorar las consecuencias de esto, que para eso están, porque así lo han decidido también, por encima de todo, incluso del bien y del mal”, “pero todos queremos hacer lo que nos da la gana y evitar lo que nos disgusta, ¿no?”, le pregunté yo ya metido de lleno en la conversación, “efectivamente”, respondió, “todos queremos, pero no lo hacemos porque hay veces que hay que saber adaptarse al entorno y circunstancias y uno no puede adoptar un rol y representarlo a piñón fijo, además, insisto, eso o se sabe hacer porque se lleva en las venas, o no es más que un simple quiero y no puedo que no trae más que problemas y conflictos con los de alrededor”, “¿y eso cómo se nota?”, le pregunté con curiosidad, a lo que él me aclaró, “pues se nota porque el que lo lleva cosido a la piel, sabe manejar mejor las situaciones, y cuando esa verdad puede ofenderte o herirte o va en tu contra te la va a decir, pero por el contrario, si esa verdad la ha de utilizar en tu favor, también te la dirá, es decir, que si de diez cosas hay seis con las que está a favor y cuatro en contra, siempre vas a tener clara su postura en los diez puntos, sin ambigüedades ni medias tintas, y además este tipo de personajes encaja a la perfección el que tú no estés de acuerdo con ellos, porque están acostumbrados y ya parten de esa base, defienden lo suyo y tú lo tuyo, pero sin rencor. Ahora bien, aquél hecho a sí mismo, en un uso adulterado y erróneo de la verdad, pretendiendo desmarcarse de las adulaciones y resto de comportamientos al uso, sólo te hará saber las cuatro cosas con las que discrepa omitiendo lo positivo de los otros seis puntos, y por supuesto, no encajará bajo ningún concepto un reproche o crítica ya que no son los demás los que están legitimados para juzgar sus conductas sino más bien al revés, lo cual suele terminar en enfados, polémicas y en algún que otro váyase usted a paseo”, en ese momento, me acordé que había unos vasos de horchata en la nevera, fui a por uno para mi, le llevé otro a mi mujer y mientras salía de nuevo al balcón le dije, “la verdad es que si lo pienso sí se me ocurre más de un nombre para cada uno de estos grupos, y eso que sólo estamos en la primera fase, seguro que para tu otro apartado también se me ocurren algunos, ¿en qué consistía el otro?”, entonces mirando a mi vaso de horchata como si quisiera pegar un trago de él empezó a explicarme, “pues el otro, es ese colectivo que cuando te explica o te cuenta algo, y aunque la mayoría de veces sea un asunto irrelevante, son incapaces de contarlo tal y como ha ocurrido o tal y como es, y necesitan ir poniendo datos y añadir detalles de su cosecha que lo único que hacen es, o bien que te pierdas entre tanta ornamentación, o la mayoría de las veces cuando ya conoces más a quien te lo cuenta o conoces lo ocurrido, que pierdas la confianza en él, ya que sabes que con toda seguridad, de lo que acabas de oír hay una gran parte que no es así, y lo cierto es que no es que estemos hablando de un mentiroso compulsivo que lo hace para fanfarronear o para que te creas algo que no es. En absoluto, simplemente es que son incapaces de relatar algo sin añadir un porcentaje de su bolsillo a las cifras o sin colocar un par de datos que a él le hubiera gustado más que de verdad hubieran estado en la historia, si algo ocurrió tres día te cuenta que fue toda la semana, si había diez personas en un sitio, al final se convierten en más de veinte, y así sucesivamente ”, entonces, saboreando el final del vaso me levanté y le dije, “me voy a tomar otro vaso con mi mujer ya que en la nevera habrá unos veinte vasos y además estoy más a gusto con ella que contigo. De verdad de la buena”, y mi plumoso amigo captando la broma me dijo, “mejor di, de verdad de la mala”.

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