Ludiguer-Un mayo en la vida-Capítulo 21

Ludiguer - Un mayo en la vida - Capítulo 21

 

Jueves 30 de mayo, día nublado, pero con una alta humedad en el ambiente, lo que hace que la situación meteorológica hoy sufra una notable mejoría a peor, y casi es más fácil entrar a la oficina de empleo nadando o buceando que andando, pero aún así, a eso de las 9 y 25 Lewis entra caminando, y al pasar junto a las mesas de Albert y John oye que uno de éstos comenta que el aire acondicionado del horno de enfrente se había estropeado el día anterior, pero que él se jugaba la parte de su anatomía que más se estimaba a que ya estaba hoy arreglado, pero en cambio ellos, llevaban dos o tres semanas sin encontrar a la persona adecuada para que lo arregle, unos porque llevan toda la vida en el negocio y se saben todos los trucos para sacar dinero, otros porque llevan poco y les falta experiencia y los que llevan menos tiempo que los que más y más que los que menos no son buenos porque no tienen la experiencia de los antiguos pero si conocen las tretas para sacar dinero que no tienen los inexpertos. Los que están próximos a la oficina, porque tienen mucha faena y no vienen nunca, y los que están lejos por su lejanía nunca vienen, los baratos porque son malos y los caros porque cuestan mucho dinero, los afamados cobran mucho y los desconocidos son una incógnita, es decir, que unos por otros, no hay nadie digno de arreglarles el aparato de aire acondicionado, el cual parece ser que ya se estropeó en otoño, pero tal y como irónicamente comentan, era imposible de arreglar antes ya que no había confirmación oficial de que este año también tuviera verano, y por eso les ha cogido por sorpresa. Todo esto que oye hace que Lewis esboce la primera sonrisa de la mañana, ya que nuevamente Albert y John con alguna colaboración especial de Irma y Jane han vuelto a sacar punta y a dar su ingenioso punto de vista irónico a una situación grotesca de las muchas que ocurren en su puesto de trabajo, así que cuando termina de sonreír, se da cuenta de que hoy la música viene de otro sitio y es de diferente estilo, no es ni folklórica ni clásica, sino algo más tirando a pop. Intenta localizar la fuente, y ¿cómo no?, algo así sólo se le podía haber ocurrido a una persona aplicada, dinámica y cumplidora y que no vive para otra cosa que no sea el trabajo como tal y no como un lugar donde pasar la mañana lo mejor posible, y bajo ese perfil quien mejor encajaba era por supuesto Ann Bellyache, quien se había traído una radio de casa y colocado sobre su mesa para amenizar sus largas ingestiones de fruta y sus aburridos periodos entre cigarros, así que Lewis decide sacar sus apuntes para anotar algo sobre Ann, pero al final recapacita y piensa que ya no hay mucho de lo que escribir pues ya no sabe por donde empezar a describir las extrañas cosas que ella hace, y vuelve a guardar sus anotaciones, mientras una irrelevante conversación sale a gritos del despacho de Joe, una ráfaga de teclas pulsadas del de Frank, y el propio James del suyo en lo que parece ser una de sus clásicas escapadas, lo cual hace pensar a Lewis que algún problema o situación desagradable se prevé, y estaba en lo cierto, pues como una media hora más tarde, a la radio de Ann, a los gritos de Joseph y a los aporreamientos de teclado de Frank, se une el aterciopelado y ornitológico graznido de un hombrecillo de pelo gris engominado, o simplemente sucio, diciendo buenos días casi desde la puerta, el cual es recibido con más aversión que otra cosa y respondido con una tremenda desgana por parte de los empleados que no pasaron de la emisión de una diversidad de sonidos guturales para contestar a su saludo. Al ver esto, Lewis pensó, “¡Oh no. No puede ser. ¿esto es otro jefe?”, ya que a cliente no sonaba, a mensajero menos y a proveedor tampoco por la soltura con la que por allí campaba, así que se mantuvo alerta y cuando su curiosidad se hizo casi incontenible hasta tal punto que tenía la necesidad de preguntar quién era aquel personaje, Ann, que al parecer no llevaba en la empresa el suficiente tiempo para conocerlo, le ahorró la faena, y tan pronto como éste terminó de introducir su nariz aguileña en el despacho de Frank, Ann preguntó indiscretamente, “¿Éste quién es?”, a lo que pronto se le agolparon las respuestas explicándole que era el General Guardland O’Hara, un tipo identificable con las zanahorias italianas y con la preposición alemana bajo (carota y unten para los no conocedores de estos idiomas) y que bajo el pretexto de conseguir clientes y contactos para la oficina, lo cual no podía ser más lejano a la realidad, venía una vez al mes para llevarse un sustancioso talón al portador y a hacer varias llamadas personales desde allí para poner en vereda a alguno de sus varios inquilinos, o para intentar hablar con alguno de sus antiguos compañeros de cuartel, los cuales eludían sus llamadas, y todo ello se confirmó cuando volvieron a salir sonidos como de cuervo afónico y medio ebrio del despacho de Frank que preguntaban por un tal Martin, con el cual quedó en encontrarse el sábado siguiente en un restaurante de una ciudad cercana, y al momento y tras organizar su cita, volvió a hacer otra llamada a alguien a quien le recordaba que le debía haber pagado el alquiler del piso en el que estaba viviendo hace al menos tres días y aún no lo había hecho, y que además, la pintura del comedor la debía pagar él ya que las manchas eran culpa suya, para terminar con una tercera llamada que comenzaba con su ya clásico -buenos días, je,je,je-, y seguía diciendo, “soy el general Guardland O’Hara, ¿está el coronel?, ¿ah no?, pues, ¿el teniente coronel?, ah tampoco, ¿el comandante?, ¿y el capitán?, vale, bueno, pues dígale que soy el General Guardland O’Hara y que le he llamado”, lo que hacía que Albert y John tuvieran una nueva oportunidad de sacar punta a la situación haciendo gestos a sus compañeros de que todos huían de la base militar para evitar hablar con este hombre, ya que si llamas a una farmacia o a un horno es posible no encontrar a ningún militar allí, pero que en un cuartel no encuentre nunca a nadie por encima del cabo de cuartel, es ciertamente sospechoso, y se imaginan a todos los militares haciendo gestos al telefonista diciéndoles que ellos no están y que le pase la llamada a su inmediato inferior. Pero a todo esto y entre llamada y llamada, Frank salió de su despacho para dirigirse a la mesa de Irma y encomendarle las tareas de hacer el talón mensual al hombrecillo y escribirle en el ordenador una carta que él traía manuscrita la cual era para mandar a un inquilino del general, así que Irma se puso manos a la obra en ambas tareas mientras gritaba al viento que ella aún no había cobrado y tenía que estar haciendo el talón para el inútil éste, y además, por si era poco, haciendo de secretaria personal suya y mientras esto ocurre, Eleanor, Mary y Ann están en la máquina de café haciendo un paréntesis en su dura jornada laboral, cosa que pronto llama la atención del general, el cual se acerca a la máquina y tras entablar una estúpida y obvia conversación haciendo algunos comentarios sobre la bondad de tener dicha máquina en la oficina, una de ellas y por cortesía se ofrece a prepararle un café, el cual y ante la perspectiva de su gratuidad no deja de aceptar. Pero John, que estaba al tanto de la situación y movido por el gran cariño que este hombre despierta, se levanta y se dirige hacia la máquina, y pese a que nunca jamás se había tomado nada de ella, pregunta al tope de su voz que cuánto debe él de los cafés del mes, indirecta bien captada por sus compañeras que se inventaron una cifra la cual John pagó ficticiamente, y contrarió y dejó en evidencia al General, el cual no tardó en preguntar con cierto tono de inocencia y una gran dosis de - a ver si cuela- que si es que había que pagarlos, y ante la respuesta afirmativa no le quedó más opción que rascarse el bolsillo, porque lo que era evidente es que allí no había nadie dispuesto a invitarle, y en lo que todo esto transcurre, Irma termina con sus agradables tareas y el hombrecillo se acerca a la puerta del despacho de Joe para alimentar la relación con la mano de que le da de comer y prometerle que en breve volverá para llamar a su íntimo amigo Sawroske, el cual era un conocido dirigente de un importante organismo, para ver que negocios podía conseguir para él , a lo que Joe le dijo que si quería lo hiciera ahora desde su despacho, ya que tenía que hablar unas cosas con Fran y que estaría en el despacho de este último, así que ahí estaba nuestro general, curtido en mil y una batallas, sentado en la silla de Joe, tembloroso cual corderillo acorralado por una jauría de perros rabiosos, llamando a su íntimo amigo Sawroske. La conversación comienza y el hombrecillo se desenvuelve en ella como pez en el desierto, titubeando, dudando y con la boca seca, así que tras explicar quien era a la persona de la centralita, parece que le van a pasar con alguien más y en ese momento, con la cara desencajada y huyendo de la escena como el niño que acaba de romper un cristal de un balonazo, el general sale en busca de Joe diciéndole, “corre, corre, ven. Me van a pasar con su secretaria”, así que Joe sale corriendo hacia su despacho y coge el teléfono, donde habla con alguien, y al colgar le explica al general que no estaba y que ya hasta mañana no volvería. Irma, Jane, Albert y John principalmente que estaban pendientes de la importantísima gestión que allí se estaba llevando a cabo, no pueden evitar volver a reírse del hombrecillo al ver la cara de susto con la que salió del despacho, pues tal y como sospechaban, no conoce a nadie importante, ni hace nada que justifique su talón mensual, pero que pese a ello va en su bolsillo cuando parado un rato abandona la oficina, momento en el alguien hace un comentario que hace recordar a Jane como son las nocheviejas en su edificio y lo difícil que se hace dormir allí hasta que el año nuevo entra en todo el mundo, ya que según comenta entre sus vecino y allegados hay un japonés con quien comparte piso, el cual celebra la llegada del nuevo año según su horario natal, para continuar con la familia china del piso de arriba, el pakistaní del segundo, la vecina turca y su marido ucraniano del primero, los españoles peninsulares repartidos por todo el edificio, a éstos sigue ella que es inglesa y la familia canaria del tercero, la brasileña que también vive con ella, el neoyorkino del segundo, y la estudiante de Los Ángeles, en resumen que en su casa las celebraciones de nochevieja duran casi 24 horas ininterrumpidas. Y hablando de horas, éstas han ido transcurriendo mientras Lewis miraba como él está acostumbrado a que le mire su loro, mientras trataba de asimilar alguna de las cosas allí vividas, así que, para evitar ver más y saturarse, cogió sus cosas y un poco antes de la una del mediodía despego su ropa manchada de sudor de su silla y tomo el camino de su hogar dulce hogar.

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