Ludiguer-Un mayo en la vida-Capítulo 23

Ludiguer - Un mayo en la vida - Capítulo 23 - Epílogo

 

Frank Marth:

Años más tarde lo despidieron, y el anuncio de su despido coincidió con un apagón de luces en la oficina, aunque nunca se demostró que hubiera relación, pero el hecho fue ése. Ahora ya no archiva los discos poniendo los azules en una caja y los rojos en otra sino que separa los redondos en un sitio y los cuadrados en otro.

 

Eleanor Close:

Una tarde entró en el despacho de Joe y al salir dijo a sus compañeros que tenía una oferto mejor y se marchaba. Noticia recibida con alivio por parte del resto que por fin no tendrían que enseñarle más veces lo mismo de siempre. Meses más tarde parece que su nueva empresa también le propuso una oferta mejor, pero lejos de ellos y le invitaron a marcharse, bueno, de ahí y de el resto de empresas en las que por periodos no superiores a tres meses hha ido trabajando. A sus compañeros actuales los llama diciéndoles “oye cariño”, “escucha mi amor”, “dime guapo” y cosas por el estilo, ya que entre la cantidad de empresas para las que ha trabajado y su memoria de pez, le es imposible recordar el nombre de sus compañeros actuales.

 

John Partridgehunter:

Tal y como en su día vaticinó, una mañana de invierno mientras se hacía un reconocimiento médico, entre extracción de sangre y toma de tensión, fue informado por las lágrimas de Sara de que le habían dado la patada. Él que se había pasado el tiempo pidiendo a sus superiores, a los cuales siempre consideró inferiores, que le aclararan cual iba a ser su futuro y el de la oficina, pues nunca lo vio muy claro, se fue a enterar de él cuando éste ya era pasado, así que aún con la tirita en la herida de la aguja fue corriendo a la oficina a por su talón de su indemnización, no sin antes escuchar una absurda explicación que aunque trató de evitar no lo consiguió pues ya que la habían aprendido había que decirla, y tras comprobar que tenía fondos se dedicó a ser feliz, empezando por olvidar los números de teléfono y fax de la oficina, siguiendo por su dirección de correo, continuando por la dirección exacta, después el nombre de sus superiores, y hay quien asegura que ahora cuando alguien le pregunta por su época en esta oficina él niega que alguna vez estuviera allí.

 

James Barkeson:

Invitado a abandonar la nave pocos días después de Frank, se marchó a otro sitio donde todos le llamaron jefe, y de ahí a otros donde siempre fue llamado jefe, y en esos lugares también todo siguió estando bien. Aún a veces recuerda que nunca dio a John el regalo de su boda, pero ése te lo toma a broma pues siempre comenta diciendo que igual que no le regaló nada, le podía haber regalado el mismísimo piano con el que John Lennon grabó Imagine, así que no deja de ser una mera anécdota que nunca influyó en su relación.

 

Jane Jackson:

Un día decidió que hasta ahí había llegado, dejó la oficina y se marchó a cantar. La memoria nunca fue su fuerte, pero pese a ello aún hay veces que recuerda que un día pasó muchas horas en esa oficina. Algún día será millonaria cantando y entonces John también algún día recibirá un enorme talón pues algunas letras de las canciones de ella las ha traducido y adaptado él.

 

Gerry Wit:

Después de irse de ahí fue a otra empresa, y de ésa a otra, y de ésa a otra, y de ésa a otra, y de ésa a otra, y de ésa a otra, y de ésa a otra, y ahora no está ni en ésa ni en otra, sino en una diferente.

 

Albert Check:

Tal y como también vaticinó, dos mañanas frías de invierno antes de John, y sin darle tiempo ni a hacerse el reconocimiento, una vez desempeñada su jornada laboral matutina tuvo que adivinar de entre un discurso retórico y demagógico que aquel documento que le ofrecían a firmar no era una considerable mejora en su contrato, aunque así se lo estuvieran intentando hacer ver, sino su finiquito. Tras observar él también que su talón se traducía en dinero, decidió gastarse parte de su indemnización en aparatos de aire acondicionado para resarcirse de todo el calor pasado en aquella oficina.

 

Joe Turnness: 

Siguió sin saber decir no a los clientes, confundiendo servicio y servilismo, desacreditando a sus compañeros delante de extraños, manteniendo conversaciones telefónicas de más de 50 minutos y pensando que es mejor abarcar mucho y no llegar a nada que confiar en el trabajo de los demás y delegar tareas e imponiéndose e imponiendo una presión innecesaria, sólo soportable por aquellos que son capaces de nadar y se levantar pesas al tiempo que hablan por el móvil.

 

 

Irma Itfish Meadows:

Se salvó de todas las limpiezas de personal que hubo y se aferró a su silla, o a sus sillas, ya que cada vez tiene más, con lo que siguió siendo presionada, desacreditada y confundida con instrucciones contradictorias, lo cual indudablemente ha dañado su cerebro, pero según los expertos, no de manera irreversible, afortunadamente, una temporada en algún país no más cercano que China puede ser un alivio a sus problemas actuales. Por miedo a tener que asimilar otra explicación infumable jamás volvió a pedir aumento de sueldo.

 

Ann Bellyache:

Duró en la empresa lo que dura un merengue en la puerta de un colegio, pero pese a ello, le dio tiempo a enfrentarse a todos los compañeros e incluso a la empresa, pues nunca entendió que con todo lo que ella aportó, la radio, mil maneras de pelar fruta, olor a tabaco, culebrones íntimos, entre otros, ahora ésta prescindiera de ella.

 

Mary Bellmarket:

Un día cogió las maletas y se marchó buscando una empresa donde ella fuera su propio jefe, su empleada, su cliente, su proveedor, y todos hicieran lo que ella dijera, pero al final se tuvo que despedir a sí misma por incompatibilidad de caracteres.

 

Sara V. Blackhair:

Increíblemente, tras una temporada en la central volvió a la oficina de origen, ella cree que por iniciativa propia, pero en realidad fue para suplir con su sinceridad la cobardía e hipocresía de otros a la hora de anunciar a compañeros que estaban despedidos. Hubo un día que quiso también pedir aumento de sueldo, pero siempre temió recibir una explicación aún peor que la de su compañera Irma y por eso no lo hizo.

 

General Guardland O’Hara:

Un buen día hacienda lo cogió por banda y le quito las ganas de volver a aceptar talones al portador y alquileres sin declarar.

 

Lewis Harrison:

No pudo soportar aquello y un día enloqueció, y hasta hay quien dice que la locura le llevó a escribir las cosas que en esa oficina había vivido junto con unas conversaciones entre él y su loro, y no sólo eso, sino que parece ser que su locura le llevó hasta el límite de pensar que podía ganar dinero con lo que escribía, de ahí que dejara algunos finales codificados para que quien quisiera conocerlos tuviera que darle dinero por ellos.

 

 

FIN

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