Perritos bien adiestrados

Hace ya varios años que estoy exento de levantarme temprano. Me suelo levantar a las nueve y algo porque me da la gana, y desayuno frente al televisor, viendo las noticias del día. Son las únicas que veo, no veo las de la noche, y Dios me libre de tragarme un telediario mientras echen Futurama a la misma hora. Yo tengo claras mis prioridades.

El caso es que yo me trago las noticias y esas entrevistas sobre temas políticos mientras desayuno. O más bien me tragaba, porque ahora, en cuanto empiezan a entrevistar a algún pez, gordo o no tan gordo, de la política, empiezo a hacer zapping o me largo del salón.

Y es que últimamente no puedo soportar tal espectáculo de indignidad. Lo descubrí el jueves o el viernes de la semana pasada, desayunando con mi novia, que no trabajaba. Cómo no, sacaron un tema que es motivo de enfrentamiento directo entre PSOE y PP (o sea, cualquiera). Entonces, la cabeza parlante hablaba. Y daba vergüenza ajena oírle. Así que cambié a otro programa del mismo estilo en otra cadena, y ahí había otra cabeza parlante, tratando otro tema conflictivo (o sea, cualquiera 2) graznando como un pato, defendiendo lo indefendible como si le fuera la vida en ello.

Acabamos buscando Goku en Cuatro, y mira que me aburre a rabiar, pero era demasiado temprano. Acabamos dejando una cadena de vídeos musicales que trae la TDT. Y ni siquiera nos interesaban los vídeos.

La cuestión es por qué daba vergüenza ajena. La daba porque es un espectáculo realmente penoso ver a alguien de cincuenta años con traje y corbata, sacando pecho e intentando parecer importante, y descrubrir, por su forma de hablar, que ese tipo se llama "Slinky", y es un perrito bien adiestrado.

No puedo soportar ver a tipos de cierta edad, con pinta de padres maduretes, hablar sin voz propia. Verles decir exactamente lo que se les ha ordenado que digan, y defenderlo a muerte como perros bien adiestrados, me parece un espectáculo tan humillante que tengo que cambiar de canal. Veo a los abogados de la SGAE parloteando y sólo veo un perrito llamado Slinky. Veo a los representantes del PP diciendo exactamente lo que se les ha ordenado decir, con las palabras bien medidas, y sólo veo perritos bien adiestrados. Veo a un representante del PSOE rasgándose las vestiduras por alguna injuria o infamia y noto la falsedad a kilómetros. Oigo al amo decir "haz la gracia, perrito, haz la gracia", y al perrito, con la lengua fuera, obedeciendo inmediatamente, con entusiasmo, esperando la caricia en el lomo después de hacer la gracia.

Veo a Rajoy encerrado en una especie de trampa verbal tendida por Iñaki Gabilondo en las noticias de Cuatro diciendo "no, señor mío, eso no se lo puedo aceptar" en vez de decir simplemente "no" y responder así a la pregunta. Sólo que no podía contestar "no" porque la pregunta se refería al 11-M y decir "no" era mentir como un bellaco.

Me imagino a todos ellos hablando de responsabilidad a sus hijos, de decir la verdad, de que hay que saber atenerse a las consecuencias de los actos propios. Y luego veo a perritos bien adiestrados. ¡Salta, perrito, salta! Dice alguien. Y el perrito de cuarenta años, con traje y corbata, obedece y salta.

Sólo veo una mediocracia que nos gobierna. Seguramente es una mediocracia inteligente, astuta, taimada, pero sigue siendo una mediocracia. Perritos bien adiestrados, ciegos adoradores del Gran Hermano, cobardes sin ideas propias que para llenar su vacío deciden comprar o alquilar las ideas que les ofrecen. Hombres de cuarenta años atados con correa y sacados a pasear para hacer sus necesidades.

No lo soporto. Ya no los soporto. Sólo ver ese bochornoso espectáculo ya es humillante, y verles a ellos tan cómodos, tan metidos en su papel, tan bien adiestrados, hace que la vergüenza ajena que me provocan sea aún mayor.

Alguien escribió que era descorazonador ver a alguien obligado a venderse. No hay nada malo en un pobre trabajador "vendiéndose" para salir adelante, si no le queda más remedio. Es mucho peor ver a alguien que ha decidido venderse sin tener verdadera necesidad de hacerlo. Ver a alguien, que pudiendo ser una persona, decide ser un perrito bien adiestrado.

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