Tribus y extranjeros
ivalladt blog el 04/01/2010 | Visto 217 vecesDurante los 70, la camiseta negra comprada en un concierto se convirtió en una forma universal de que la gente —principalmente adolescentes— contase a la gente que realmente habían estado allí para ver a The Who en 1974 o Led Zeppelin en 1975. Inicialmente, los fans de los conciertos vestían esas camisetas como una etiqueta para proclamar dónde habían estado y qué experiencias habían compartido. Pero tan pronto esas camisetas de conciertos llegaron a ser una parte esencial de la cultura musical y empezaron a representar a las propias bandas, empezaron a ser vestidas por los jóvenes como etiqueta que transportaba información sobre quiénes eran y a qué tribus pertenecían. Como forma de externalizar su personalidad, era común que los miembros de la misma tribu se vistiesen igual. Para ellos, la música que escuchaban era una marca de distinción, de identidad personal y de grupo.
Bandas como The Who o Led Zeppelin les daban a sus fans algo en lo que creer. Cuando los músicos son capaces de crear una banda que hace eso, crean también grupos de gente que cree pertenecer a, o ser parte de, una tribu. «La gente quiere pertenecer a una tribu, desea tener un propósito más grande que ellos» argumenta E.O. Wilson en Consilience: The Unity of Knowledge. «Estamos obligados por las fuerzas más profundas del espíritu humano a convertirnos en algo más que polvo animado, a tener una historia que contar sobre de dónde venimos y por qué estamos aquí». La música es también un medio por el que nos entendemos a nosotros mismos y nuestro lugar en el mundo. Nos da una ventana hacia la vida de los demás, nos enseña que no estamos sólos ni atrapados en nuestro camino, que alguien más se siente como nosotros.
Esta conexión puentea por un instante el salto entre la visión creativa de un artista y las emociones de una audiencia, y es quizás el aspecto individual más importante de la música. Porque en ese instante una canción se convierte en algo más que una canción, se convierte en parte de la vida de alguien, de su historia. Cómo interpretan su significado, lo hacen propio, y sienten que ese pequeño pedazo de algo despierta cosas dentro de ellos es lo que realmente importa. Si esa gente se abre, se hace vulnerable a la canción, ésta permanece, sigue creciendo y adquiere nuevos significados. Moviendose así por nuestra sociedad, la suma de las interpretaciones individuales y únicas de esa canción es lo que, unido, se convierte en parte de la identidad colectiva.
Antes de llegar la música grabada, hace aproximadamente 100 años, escuchar música era una actividad colectiva. Pero con la llegada del fonógrafo se convirtió en una individual. En lugar de escuchar a un artista en directo, ahora podías escucharle en cilindros y discos producidos de forma masiva. Escuchar música pasaba a convertirse en interpretarla como individuo. La gente podía ahora sentarse sola en su cuarto de estar, escuchar grandes obras y desarrollar sus propias perspectivas. Escuchar música en audiencia del artista permitía al individuo desarrollar un concepto propio de él, una especie de relación personal que disfrutar. Esta noción de relación personal con un artista y con la interpretación única de lo que su música o sus letras sifnigican para uno eleva una disonancia entre gente que gusta del mismo artista.
Esa diferencia de opinion, o la falta de la misma, que ocurre entre miembros de la misma tribu, es lo que caracteriza el tipo de fan que cada uno es, cómo de apasionado es respecto a esa música, y el tipo de compromiso que adquiere. En Tribes: We Need You to Lead Us Seth Godin argumenta que «las tribus son una fe, la creencia en una idea y en una comunidad». Opina que «les asienta el respeto y la admiración por el líder de una tribu y por el resto de sus miembros». Pero, ¿se respetan los miembros de una misma tribu realmente de corazón? O ¿hay formas de discriminar a otros miembros de la misma tribu? Si hablamos de música, hay jerarquías, existen los «auténticos fans» y también los «fans ocasionales». Cuando se habla el idioma de una tribu, está claro quien pertenece a la misma y quién es un extranjero.
Visto en hypebot. Fotos de Dina Regine y Jim Summaria.



Realmente el universo entero vibra y respira. La empatía es la capacidad de vibrar en esa misma frecuencia fundamental.
Y nosotros pequeños e indefensos armónicos vibramos de aquí para allá buscando siempre nuestra frecuencia fundamental. Aquella de la que provenimos y a la que indefectiblemente volveremos.
A lo largo de esa búsqueda a veces chocamos con otros armónicos o nos sincronizamos a ellos al sentir que vibramos de manera idéntica.
Se compone de esta forma constante y eterna la gran obra.
Y es totalmente cierto que existe una jerarquía. Pues todo tiene un principio, un principio liderador, el cual es seguido por todo lo demás.
El principio y el todo se unen así para dar sentido a la gran obra.
Vibremos como uno, ya que todos somos en realidad parte de uno.
Si nos pasas el teléfono de tu camello probablemente le dedicaremos un artículo aparte. xD
No lo digo yo.
Ya lo llevan chivateando otros muchos antes.
No sé si lo dice más gente, pero lo digo yo eh!
Sobre el artículo, esta vez no me apetece leerlo..
Fuera de eso, creo que no tiene NADA de malo ser apasionado de una banda o músico solo por un tiempo determinado... Uno puede entregarse por completo a una obra que escucha por primera vez, es decir, creo que ser fanático no implica sentir más que un no-fanático. Cada uno va cambiando con la vida y por ende la música, la poesía y el arte en general es asimilado de mil maneras distintas. Nuestra percepcion cambia a gran escala y a pequeña escala (no es lo mismo ser adolescente que ser adulto, y dentro de cada etapa de la vida hay meses "buenos o malos", días "buenos o malos", horas "buenas o malas", momentos "buenos o malos"...) Eso es parte de la magia de la música. No es algo estático que siempre que sea escuchada va generar una sensación determinada (y no hablo de felicidad y tristeza solamente, hablo de todos los matices que se puedan imaginar).
En mi opinión no es bueno aferrarse demasiado a nada (que no es lo mismo que entregarse a algo), ya que eso puede hacer que termines perdiendote muchas otras cosas. Si por fanatismo nos referimos a abrirnos completamente a una música y apoyarla cuando podamos, me parece algo positivo. Pero nada de rivalizar o de cerrar la mente y el corazón.
Buen artículo!
Saludos a todos