Subido el 04/02/2013
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Descripción
Subíamos entre las malezas, a machetazos cansados, escuchando el rumor profundo de las cataratas. ¿Es que las pendientes nunca se venían abajo?, nos preguntábamos deseando tomar un descanso de la larga marcha. A derecha e izquierda se entreveían los ojillos entre las líneas verticales, y por arriba, entre las ramas altas, de vez en cuando se escurría una sombra. Un loro parloteaba y un gruñido le hacía guardar silencio. El suelo estaba tan húmedo que el olor a podrido subía por las piernas como si se agarrara con uñas. A nuestra derecha, bajo la alfombra de hojas apelmazadas reptileaban los animales y el sendero se movía como una serpiente gigante de terciopelo negro con manchas rojizas. Nosotros preferíamos andar por la selva, machetando cañas y enredaderas goteantes antes que pisar ese lugar con esa fauna. Ahora que teníamos la suerte de que había parado la lluvia apurábamos las últimas fuerzas. La lluvia, cuando venía, y venía cada día, era una muralla blanca, luminosa, de silencio, pues su sonido ocupaba todo el espectro anulándolo. Las víboras se enroscaban en el suelo decidiendo si gastar el veneno en nuestras pantorrillas o seguir esperando a otra presa que cupiera por la garganta, y las culebras, que gustan más de las ramas altas, se descolgaban como lianas vivientes, y se movían, se movían como toda la selva, se movían contra el fondo enloquecedor de la jungla, los helechos gigantes, las raíces abultadas, las plantas de zarcillos, y las nubes de mosquitos, que giraban persiguiéndose para dejarse caer sobre la piel y cuadricularla, libar de los poros hasta surgir una estrellita púrpura entre los intersticios. El temblor lejano de las nubes que descargarían la lluvia antes de una hora vibraba como un gong en el aire, electrificándolo, y nosotros seguíamos ascendiendo la escalera de barro sin fin que se extendía ante nosotros. Dejamos atrás el zumbido de unas abejas negras que estaban enjambrando cuando encontramos una rama que ensartaba un cráneo por un ojo. Imposible saber si era de hombre blanco, o negro. En el blanco del hueso, la mandíbula se abría para tachar de loco al loco que se acercara. Echamos el aliento al golpe cuando un mamífero marrón se nos cruzó de repente en el camino, no pudimos ver qué fue, sólo vimos su sombra y sus cuartos traseros desaparecer entre la maleza y un ruido en las ramas altas que se dirigía hacia el lugar por donde se había ido. Cayó una lluvia de hojas muertas. Como una imagen más de la locura, entre los helechos, surgió una cebra que no podía estar allí, caballo remoto inmaculado herido por el león de tinta que soltó un alarido y se desplomó por un barranco que había aparecidoa nuestra izquierda como montaña mal cosida y se perdía en un fondo infinito. Torcimos hacia la derecha para alejarnos del barranco y no caer arrastrados por el barro y atravesamos el sendero negro que vibraba horrible con su movimiento rotatorio de reptiles, como un reloj o un eje de carne de serpiente que giraba lento y espeluznante. Lo cubrimos de dos saltos; el pie se nos enterraba en aquel barro que succionaba rabioso por verlo escapar, y continuamos subiendo. Ya la atmósfera estaba tan cargada de agua que nos goteaba la cara como si nos estuvieran regando, y también bajo la ropa, por los brazos río abajo, por la espalda y las piernas, charqueando los zapatos por fuera y por dentro, todo era un mar de agua dulce donde los insectos se ahogaban y se quedaban muertos entre los pliegues de ropa, para resbalar al segundo siguiente bajo la siguiente subida del cauce que nos cruzaba el cuerpo. Al fondo se escuchó un alarido espantoso que era el silencio absoluto. Todos nos detuvimos. Las sombras sobre los árboles se movían lentas, anchas, como nubes bajo una brisa suave, todas hacia el mismo punto, precediéndonos y acompañándonos. La pendiente estaba cerca de terminar, ya se veían las copas de los árboles y las hojas se espaciaban trazadas por un resplandor rojizo de fuego aún lejano. Nos encaminamos hacia allí, cuatro de treinta y dos que salimos, con fuerzas y temor redoblados de ver el fin del camino tan cerca después de tanto quebranto. Llegados a la cumbre, el camino comenzó a bajar, primero de forma suave, luego más abruptamente, como si hubiéramos bordeado los extremos de una taza y ahora estuviéramos cayendo en su fondo. Entre los árboles y las plantas, que empezaban a clarear, podíamos distinguir el brillo fantasmal rojo sangre al que nos acercábamos, y un silencio hecho de madera, con agujeros, un silencio de flauta, poderoso, nos iba envolviendo con su manto suspirante. El agua, al gotear brillando a través del círculo rojo parecía sangre, y los ríos que ahora nos recorrían brazos y piernas y rostro eran ríos de sangre aún insípida, aunque nos daba la sensación de que ésta parecía presta a derramarse dulce y apagada de sus surtidores humanos. Al fin, ante nosotros, tumbadas por los últimos machetazos, quedaban las últimas plantas que nos separaban del brillo fantasmal que era rojo brillante. Ante nosotros se extendía, en círculo hasta el otro fondo del barranco, enfrente y a nuestros lados, aquello que habíamos ido a buscar y que cada uno de nosotros deseaba con todas sus fuerzas descubrir y, a la vez, que nunca hubiera existido. El infierno físicamente posible. A nuestros pies.
Música: Llega la noche y el viento... de ajblmusic:
http://www.hispasonic.com/musica/llega-noche-viento/83508#
Texto: Monster
Ilustración: Dark Jungle, de robjoeball:
http://www.artbreak.com/work/show/454458-dark-jungle-robjoeball
Música: Llega la noche y el viento... de ajblmusic:
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Texto: Monster
Ilustración: Dark Jungle, de robjoeball:
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Comentarios
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A ver que hacías tu por esos lares con la que estaba cayendo y la edad que tienes ya. Jejejeje.
Muy intrigante el relato acentuado (como siempre) por la música de ajblmusic que, por otro lado, está muy bien elegida (como siempre).
Has encajado el relato de muerte. Un infierno de agua.
Genial Mons! como siempre.
Enhorabuena!!!!