Subido el 31/05/2012
Licencia Copyright
Descripción
-¡Silencio todos! ¡Escúchenme!, ¡por favor, no hay tiempo!
Pero nadie se detenía. Al contrario, no había quien no acelerara el paso al pasar a su lado ni hiciera un comentario, los más del tipo “mira a ese chalado”, “no te acerques a él, niño” y otros más o menos parecidos. Si estaba anunciando algo, que se fuera despidiendo, porque a ninguno de los que pasaba por allí se le ocurriría comprarlo.
Por la plaza del Centro Comercial cruzaba mucha gente. Los que llevaban varias bolsas en una mano las repartían entre las dos como para hacer que iban muy ocupados por si el tarado les pedía una limosna o quería darles algo. Porque, mirándolo sin fijarse en los detalles, el tipo iba vestido como un pordiosero subido en aquel pedestal junto a la fuente. Pero en realidad llevaba la ropa rota de roturas recientes, bajo las mangas de la camisa había arañazos que en el codo traspasaban la tela manchándolas de sangre, las suelas de los zapatos dejaban marcas oscuras pegajosas sobre el mármol y tenía las orejas rojas, encendidas, con un desgarro en la derecha de la que le colgaba un trozo como un pitraco.
Era alto, moreno, como de treinta y tantos años, con cara de loco, mucha prisa por contar algo que no empezaba a decir nunca porque nadie le hacía caso y muy preocupado por los demás cuando evidentemente debería estarlo más de sí mismo porque esas pintas que llevaba no eran desde luego las más adecuadas para ponerse allí a dar gritos. Llevaba el pelo también pegajoso, como de meter la cabeza en blandiblub oscuro caducado, porque olía a perros muertos, y quien le hubiera escupido le habría hecho un favor lavándoselo; bajo la camisa remangada y en los antebrazos se adivinaban los músculos secos y agarrotados, en tensión suprema, semejantes a los de un arquero hiperactivo, los pantalones rozados por las rodillas y un zapato extrañamente doblado. Y lo que parecía aún más extraño era que los guardias de seguridad no hubieran llegado ya a sacarlo de allí a rastras porque estaba claro era que estaba molestando.
Cada vez sus gritos eran más fuertes y sonaban más incoherentes. Al principio, cuando se subió allí, saltaba como un gamo, pero iba perdiendo elasticidad por momentos, como máquina con menos voltios o proyector de cine de manivela encasquillada y lenta. Comenzaba a decaer su actividad y curiosamente, la gente comenzó a hacerle un poco más de caso entonces. Su actitud, en pocos minutos, había pasado de avión a reacción a mimo con fiebre que se desmadeja. Pero cuando vio que algunos se arremolinaban a su alrededor trató de sacar fuerzas y explicarse mejor:
-¡No os vayáis!, ¡está sucediendo algo horrible! –dijo expulsando un reguero de sangre negra por la nariz.
Algunos sonreían pensando que era atrezzo, alguien dijo “madre mía, qué bien hecho”, pero la mayoría siguió su camino. El hombre cayó de rodillas y se inclinó goteando de la nariz formando un charco repugnante sobre el suelo. Unos niños de los que las madres dejan sueltos para que den rienda suelta a sus instintos y hagan lo que no les dejan hacer dentro de sus casas se dedicaron a remover el charco con un palito, “¡por Dios, qué asco niño, deja eso!”, “¡que te van a regañar!”. La cara se le volvió del color de las aceitunas maduras, los ojos surcados de venas rojas sobre un fondo excesivamente blanco, por segundos parecía que se estaba poniendo una máscara sin que nadie supiera cómo lo estaba haciendo, ganas de aplaudir no faltaron en alguno de los espectadores, pero se retuvieron y no se escuchó ni la sombra de un aplauso. El hombre levantó poco a poco la cabeza. No coincidía la expresión de la boca con la de los ojos, una se curvaba ligeramente mientras la otra se anegaba de sombras. Phineas Belvedere vio de repente a toda aquella gente mirándole y pensó “¿qué hace aquí todo este rebaño?”. En su mente quedaba aún un resto humano y recordó un anuncio con una musiquilla pegadiza que decía “es la merienda de los campeones”. El niño del palito se acercó demasiado y Phineas alargó el brazo sujetándole la mano. El niño no gritó hasta que le mordió y le arrancó dos o tres dedos. No le soltó el brazo mientras se sentaba tranquilamente a comérselos. En ese momento, se liberaron los guardias de seguridad infectados que Phineas había encerrado y entraron en la plaza del Centro Comercial como una tromba de agua que arrastrara cadáveres aún vivientes, ¡ah, los gritos!, ¡ah, qué bella sinfonía!, ¡es la merienda de los campeones!
Música: el rescate, de ZZAJeerF:
http://www.hispasonic.com/musica/rescate/72431
Texto: Monster
Ilustración: Suehiro Maruo
Pero nadie se detenía. Al contrario, no había quien no acelerara el paso al pasar a su lado ni hiciera un comentario, los más del tipo “mira a ese chalado”, “no te acerques a él, niño” y otros más o menos parecidos. Si estaba anunciando algo, que se fuera despidiendo, porque a ninguno de los que pasaba por allí se le ocurriría comprarlo.
Por la plaza del Centro Comercial cruzaba mucha gente. Los que llevaban varias bolsas en una mano las repartían entre las dos como para hacer que iban muy ocupados por si el tarado les pedía una limosna o quería darles algo. Porque, mirándolo sin fijarse en los detalles, el tipo iba vestido como un pordiosero subido en aquel pedestal junto a la fuente. Pero en realidad llevaba la ropa rota de roturas recientes, bajo las mangas de la camisa había arañazos que en el codo traspasaban la tela manchándolas de sangre, las suelas de los zapatos dejaban marcas oscuras pegajosas sobre el mármol y tenía las orejas rojas, encendidas, con un desgarro en la derecha de la que le colgaba un trozo como un pitraco.
Era alto, moreno, como de treinta y tantos años, con cara de loco, mucha prisa por contar algo que no empezaba a decir nunca porque nadie le hacía caso y muy preocupado por los demás cuando evidentemente debería estarlo más de sí mismo porque esas pintas que llevaba no eran desde luego las más adecuadas para ponerse allí a dar gritos. Llevaba el pelo también pegajoso, como de meter la cabeza en blandiblub oscuro caducado, porque olía a perros muertos, y quien le hubiera escupido le habría hecho un favor lavándoselo; bajo la camisa remangada y en los antebrazos se adivinaban los músculos secos y agarrotados, en tensión suprema, semejantes a los de un arquero hiperactivo, los pantalones rozados por las rodillas y un zapato extrañamente doblado. Y lo que parecía aún más extraño era que los guardias de seguridad no hubieran llegado ya a sacarlo de allí a rastras porque estaba claro era que estaba molestando.
Cada vez sus gritos eran más fuertes y sonaban más incoherentes. Al principio, cuando se subió allí, saltaba como un gamo, pero iba perdiendo elasticidad por momentos, como máquina con menos voltios o proyector de cine de manivela encasquillada y lenta. Comenzaba a decaer su actividad y curiosamente, la gente comenzó a hacerle un poco más de caso entonces. Su actitud, en pocos minutos, había pasado de avión a reacción a mimo con fiebre que se desmadeja. Pero cuando vio que algunos se arremolinaban a su alrededor trató de sacar fuerzas y explicarse mejor:
-¡No os vayáis!, ¡está sucediendo algo horrible! –dijo expulsando un reguero de sangre negra por la nariz.
Algunos sonreían pensando que era atrezzo, alguien dijo “madre mía, qué bien hecho”, pero la mayoría siguió su camino. El hombre cayó de rodillas y se inclinó goteando de la nariz formando un charco repugnante sobre el suelo. Unos niños de los que las madres dejan sueltos para que den rienda suelta a sus instintos y hagan lo que no les dejan hacer dentro de sus casas se dedicaron a remover el charco con un palito, “¡por Dios, qué asco niño, deja eso!”, “¡que te van a regañar!”. La cara se le volvió del color de las aceitunas maduras, los ojos surcados de venas rojas sobre un fondo excesivamente blanco, por segundos parecía que se estaba poniendo una máscara sin que nadie supiera cómo lo estaba haciendo, ganas de aplaudir no faltaron en alguno de los espectadores, pero se retuvieron y no se escuchó ni la sombra de un aplauso. El hombre levantó poco a poco la cabeza. No coincidía la expresión de la boca con la de los ojos, una se curvaba ligeramente mientras la otra se anegaba de sombras. Phineas Belvedere vio de repente a toda aquella gente mirándole y pensó “¿qué hace aquí todo este rebaño?”. En su mente quedaba aún un resto humano y recordó un anuncio con una musiquilla pegadiza que decía “es la merienda de los campeones”. El niño del palito se acercó demasiado y Phineas alargó el brazo sujetándole la mano. El niño no gritó hasta que le mordió y le arrancó dos o tres dedos. No le soltó el brazo mientras se sentaba tranquilamente a comérselos. En ese momento, se liberaron los guardias de seguridad infectados que Phineas había encerrado y entraron en la plaza del Centro Comercial como una tromba de agua que arrastrara cadáveres aún vivientes, ¡ah, los gritos!, ¡ah, qué bella sinfonía!, ¡es la merienda de los campeones!
Música: el rescate, de ZZAJeerF:
http://www.hispasonic.com/musica/rescate/72431
Texto: Monster
Ilustración: Suehiro Maruo
Descargable
No
Comentarios
Regístrate o identifícate para poder comentar







Escribe algo de robots o algo asi por el amor de Dios!!! Pues sabes que pensé que nos ibas a dejar con el suspense de lo que le estaba pasando? quiero decir que esperaba que nos dejaras pues eso...en suspense jajaja lo siento tengo tanto estrés que no estoy nada elocuente.
Me encanta como escribes.
La próxima una de piratas robotizados o algo así.
Y de amor pues ya sabes esas ya no pueden faltar de vez en cuando.
besitossssssssssss
Ahora estoy con otro, pero luego hago una de amores de robotes piratizados y hala, todo el mundo contento
Me está entrando hambre, he elegido buena hora para leerlo.
Bien escrito, enhorabuena!!