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Cinco consejos para cultivar la escucha

16/12/2016 por Miguel Isaza Actualizado el 17/12/2016
Portada de "El Sonido" de Michel Chion

Si hay algo fundamental en nuestra vida es escuchar. Y no se trata de meramente percibir sonidos físicamente mediante determinados receptores que captan ondas que luego llegan al cerebro, etc. Algunas veces, ni de sonidos se trata, sino de un estado, una experiencia, una simple forma de estar presente.

Escuchar es principalmente atención, dedicación, disciplina, imaginación. Más allá de la idea de la audición y su aspecto fisiológico, más allá de los tecnicismos de la acústica, la escucha se sitúa como espacio, fundamental, no solo referido al sonido sino ante todo a la experiencia del mundo, a la construcción de realidades, a la disposición que logramos para considerar el universo mismo.

Desde tiempos antiguos la escucha ha relacionado, desvanecido, aclarado o representado la realidad en formas que superan lo tangible, trascienden lo ocular y disponen la consciencia a sus maneras sutiles de comunicación y expresión. Sin la escucha no existiría la música, no porque sea una cuestión de oídos y sonidos meramente, sino porque es una actividad de consciencia sobre lo que resuena, lo que vive, lo sonoro en términos de aquello que existe, que se mueve, que no solo aparece en términos de vibraciones percibidas en el espacio acústico, sino en dimensiones más hondas de lo que somos, como el corazón y el espíritu, la imaginación y el sentimiento, la inteligencia y el sueño.

Esa naturaleza cuasi celeste, etérea de la música, que es propiedad como tal del sonido, es solo una muestra de lo profunda que es la actividad de la escucha. Solo una muestra porque también se percibe en el lenguaje hablado, en el pensamiento, en la construcción del tejido social, en la forma como las resonancias construyen lo imaginario e incluso en la manera como podemos entender la materia, que es también, pura vibración; y la vida, la vida pura música.

Sin embargo, para poder tener más presente estos elementos y ser conscientes de aquello que la dimensión sonora representa, tanto en la vida cotidiana como en actividades en las que muchos aquí nos veremos envueltos (composición, producción, ingeniería, diseño, grabación, etc) es necesario entrenar la escucha. Y no entrenarla como buscando intervalos, identificando frecuencias y afinando el oído a determinadas sensibilidades de un lenguaje musical o determinados parámetros técnicos de la electrónica del audio o la idea de lo acústico.

Aunque esto será importante según quien se dedique a estos asuntos, nuestra preocupación en este caso apunta más al hecho de entrenar la escucha en tanto proceso mental, en tanto actividad del espíritu. No entrenar el oído en sí, sino la escucha; esto es, no oír como quien atiende a sonidos, sino escuchar, como quien vive en ellos.

Para ello planteamos cinco ejercicios, que pueden entenderse como simples consejos o invitaciones que pueden ayudarnos a reforzar nuestra capacidad de escucha sirviendo de vías prácticas de encuentro con aquello que parece sonar, adentro, afuera, acústica o inmaterialmente, pero ahí.

1. Guardar silencio

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Callar es un arte, y como lo expresa el clásico de Abate Dinouart, “no basta con cerrar la boca y no hablar, … hay que saber gobernar la lengua, reconocer los momentos en que conviene retenerla”, y uno de esos momentos, si no el principal, es la escucha. Para ello es necesario saber callar, para saber darle espacio a los sonidos, para poder permitirle a la música habitar. El silencio no es ausencia de sonidos, sino apertura a estos, y callar no es meramente forzarse a no hablar, es adoptar una postura consigo mismo donde se le permite a la vida entrelazarse abiertamente en sus ecos.

En este sentido el silencio se guarda, se cultiva, se presenta como posibilidad de dejar a un lado la voz principal de aquel sujeto que interna o externamente aparece como dominante. Afuera, el hablar interpela, agrega sonido. Adentro, también, con los conceptos y las emociones, generando intenciones, necesidades. La voz es más que emisión: es atracción, implica necesidades. Hablar por ello no es solo expulsar sonido, sino darle gusto a deseos, ideas, vicios, sueños, momentos, es atraer situaciones, alimentar emociones. En otras palabras, quien habla, se devuelve algo, se agrega algo. Por ello callar es sano, porque es la economía de la palabra, trae consigo la conciencia de lo justo, justo para decir, justo para escuchar.

El peligro de fijarse en una intención particular de escucha es que esta atrapa los sonidos recién aparecen en la conciencia, los tiende a llevar a caminos preestablecidos. Por algo decía John Cage que “escuchar es el abandono de la intención de oír”, esto es, liberarse de juzgar los sonidos y dejarlos libres en la escucha, libres en el silencio de quien le permite a la música ser como quiera ser.

Por ejemplop, a muchos nos pasa que cuando queremos simplemente escuchar un disco, nos sentamos en silencio. Pero no es lo mismo sentarse solo frente al giradiscos y reproducir algo, que escuchar un álbum mientras se navega en Internet o se tiene una conversación con alguien. Esto es porque el silencio es un arte de guardarse, de callar no solo la voz sino también de aquietar los demás sentidos; en última instancia, todos aportan a las posibilidades contemplativas de la escucha.

Lo mismo sucede a la hora de la composición: callamos muchas cosas para que puedan sonar otras. Atenuamos voces, reducimos nuestra expresión y consideramos el silencio en muchos aspectos como forma de abrir campo a lo que fluye sonoramente. Lo interesante de esto es que habla de una posibilidad del sonido como brote en un terreno de silencio, el cual no es abonado meramente a la hora de la escucha de algo en particular, sino que se cultiva cada día, se cuida en cada momento.

Esto tiene repercusión a la hora de la escucha, donde no influirá el silencio que hagamos en el momento, sino el silencio que hayamos guardado, esto es, lo mucho que nuestra mente esté entrenada para callar, para atender a lo que sucede en la escucha sin necesidad de plagarla con algo que no pertenezca a la situación.

El silencio puede hallarse en la motricidad del cuerpo, en la visión, en la mente. No es un ejercicio propio de los oídos, sino de la consciencia misma. Es un estado que se va nutriendo a medida que nos vamos dedicando a él. Guardar silencio es sembrarlo en nuestra concentración y en nuestra capacidad de atender a lo que suena de una forma complemente entregada a lo que aparece en la sonoridad, al tiempo que completamente desprendida de los ruidos que tienden a atrapar lo escuchado.

Como dice la filósofa del arte sonoro Salomé Voegelín, “el silencio no es la ausencia del sonido sino el comienzo de la escucha”. Por ello el primer paso para aprender a escuchar es entrenarnos en callar, pero esto debe entenderse no solamente con adoptar determinada postura en los pensamientos o la boca, aunque es necesario igualmente aprender a escuchar aún cuando vemos, tocamos, decimos, etc. "Escucha con tus pies, con tus cejas" como dirín en el método de escucha profunda de de la compositora Pauline Oliveros. Escucha con el corazón, más allá de lo oídos, diría el místico. Simplemente escucha, con todo lo que puedas escuchar.

2. Ir más cerca y más allá del oído

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A medida que este silencio se cultiva, todo lo que consideramos va cambiando, incluyendo los sonidos, que revelan una dimensión más profunda del cosmos mismo, incluyendo nuestras relaciones con los demás seres, las formas como consideramos la realidad o la percepción misma que nos sitúa allí. Por ejemplo, en su definción de la escucha profunda, Oliveros dice:

La escucha profunda [o escucha de/en lo profundo] (Deep listening) tiene que ver con la complejidad y los límites o bordes más allá de lo ordinario o las comprensiones habituales. [...] Un tema que es 'demasiado profundo' supera el entendimiento actual o tiene demasiadas partes desconocidas para captar fácilmente. 'Algo profundo' desafía los estereotipos y puede tomar mucho tiempo o saber que nunca llegara a ser entendido o conocido.

Profundo emparejado con Escucha o Escucha Profunda es para mi aprender a expandir la percepción de los sonidos para incluír todo el continuo espaciotemporal del sonido – hallando la inmensidad y las complejidades tanto como sea posible. Simultáneamente uno debe ser capaz de apuntar a un sonido o sencuencia de sonidos como foco dentro del continuo espaciotemporal y percibir el detalle o trayectoria del sonido o secuencia de sonidos. Este enfoque siempre debería regresar, o permanecer dentro del completo continio de tiempo y espacio (contexto).

Esta expansión significa que uno está conectado en conjunto al entorno y más allá.

De esta forma escuchar deja de ser una tarea mecánica y aparece como lo que muchas culturas ya han considerado desde tiempos inmemoriales: como un ejercicio espiritual, una práctica de sí, un método para ser conscientes de la dimensión de lo que suena, esto es, lo que existe, puesto que nada existe sin sonar.

En este sentido podríamos decir que escuchar tiene, como expresa bellamente la compositora estadounidense, dos facetas principales: una que se refiere a los sonidos en cuanto tales, como entidades singulares; y otra que apunta al reconocimiento de la resonancia, de las conexiones entre los sonidos, de su contexto en tanto redes de relaciones, yendo así más allá de lo que se identifica individualmente para poder identificar sus relaciones, sus dimensiones imaginarias, oníricas, abiertas.

Hay en este sentido muchos modos de escuchar, aunque todos se nutrendel silencio y la carencia de intención que mencionamos, para luego dirigirse de forma intencionada o enfocada y en determinadas expresiones de lo sonoro, como tanto han remarcado pensadores como Pierre Schaeffer o Michel Chion, aunque hoy día se extiende con teorías de muchos otros exploradores de la escucha. Esbozamos algunas:

  • La mencionada escucha profunda que apunta a escuchar con todo nuestro cuerpo y sentidos en varias capas de relación integral del entorno, identificando las singularidades escuchadas al tiempo que se reconoce el rizoma innato de lo que resuena
  • La escucha causal, que nos dirige a escuchar teniendo en cuenta las fuentes física, visual o tangiblemente perceptibles de los sonidos, sus causas materiales o sus identificaciones causales.
  • La escucha acusmática y reducida, que pueden estar orientadas a anular dichas fuentes y apuntar al sonido en sí mismo, no causado, no dependendiente de referencias o simulaciones provenientes de previas concepciones.
  • La escucha semántica, donde ponemos atención a códigos, lenguajes, como cuando se valora la información de las palabras que se hablan o al significado de determinadas señales sonoras.
  • La escucha simbólica o figurativa, orientada a la imaginación y la representación, que tiende a construir desde lo escuchado y asignarle ciertas relaciones desde nuestras formas de percepción o evocación.

Aunque podríamos mencionar más, nos basta con estos para reflejar que la escucha se acerca y se aleja del sonido de varias maneras, es capaz de adentrarse en una multiplicidad de manifestaciones, de expresiones y modos de ser. Como plantea Michel Chion en su libro sobre el sonido, todos estos modos de escucha pueden alternarse, generando una escucha multi-dimensional que tiene en cuenta sus posibles modos de relación con lo escuchado, generando un objeto múltiple que Chion llamará auditum.

Esta idea de un objeto múltiple nos permite considerar las posibilidades de lo escuchado cerca al oído, propias de la audición, de la percepción de fenómenos acústicos, de consideración de sonidos en tanto físicos, pero también le abre paso a dimensiones de la escucha que se ubican más allá del oído, donde la fabulación, la representación, la experiencia acusmática y la inmaterialidad de aquello que escuchamos, expone otras realidades, relacionadas con la cultura y lo social, pero también directamente implicadas la materia, como el caso de la arquitectura y la consideración del espacio desde la escucha.

Esto nos muestra algo fascinante de la escucha: que no depende del oído. Aunque mucha de su actividad sucede en torno a los sonidos en términos auditivos, las vastas dimensiones de la escucha se despliegan en formas intangibles, inaudibles. Si entrenamos la escucha, nos daremos cuenta de que escuchamos mucho más de lo que oímos, no tanto porque el oído esté limitado en determinado rango de frecuencia, amplitud y temporalidad, sino ante todo porque la escucha no depende de los fenómenos físicos en cuanto tal, es también una labor inmaterial.

Ya hemos explorado antes, por ejemplo, la postura de la artista sonora Christine Sun-Kim, quien es sorda pero sabe escuchar, en tanto es consciente del sonido como dimensión plural que no depende propiamente de la audición. El sonido se crea desde la imaginación de la escucha misma y no es necesariamente un factor dependiente de la elasticidad del entorno. Esto es un mito moderno, creer que el sonido es mera física, cuando incluye dimensiones inmateriales que desde tiempos ancestrales están presentes en nuestra construcción de realidad, dado que el oído posee una cualidad por sí mismo y más allá de sí mismo, recogiendo lo que hemos sido, manifestando lo que somos y vaticinando lo que seremos, como menciona Ramón Andrés en su apasionado recorrido de la música en la cultura en su libro El mundo en el oído:

"Escuchar hace que los humanos tengan un sentido de lo profético, dado que el sonido permite una elaboración mental que nos sitúa en el devenir: el fragor de un salto de agua, la resonancia que se produce en las cavidades orográficas o el crujido de un ramaje han despertado un sentimiento que trasciende el presente. Puede decirse que en el conducto auditivo se generó una forma de conocimiento."

Este hecho, de que sea una vía para conocer y revelar lo posible nos permite asumir la escucha más allá del oído mismo, dependiente de múltiples factores que expresan lo que suena no necesariamente en vías materiales. Esto es probablemente debido a que lo que denominamos sonido es de por sí aéreo, etéreo; es efímero, “más cercano al perfume que a la cosa” como diría David Toop en su Resonancia Siniestra. Esto hace de la escucha un proceso siempre abierto a formas que otros sentidos no podrán avalar y que el oído mismo no tendrá capacidades de entender. Así, lo que escuchamos se abre a las posibilidades de la percepción en su sentido más profundo.

3. Asumir la escucha como actividad colectiva

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Al entrenar la escucha en tanto silencio y en tanto forma de captar no necesariamente lo audible sino una pluralidad de relaciones y posibilidades de lo sonoro, ya tenemos dos elementos desde los cuales podemos cultivar un proceso de hacernos conscientes de aquello que aparece en movimiento, en vibración, resonando. Sin embargo, no podemos quedarnos pensando que la escucha en este sentido es una tarea individual, dado que su rol social es fundamental e incluso evidente, como nos recuerda Oliveros. Escuchar la red de relaciones, el universo como continuo de vibraciones; escuchar al otro, hacerme escuchar por el otro; aprender a escuchar a varios, saber escuchar entre varios. Escucharnos.

El universo podría entenderse como una profunda red de sonidos, "una caja de sonidos alimentada por el sol", como titula el reciente libro del ecologista acústico Gordon Hempton. Se trata de un complejo tejido de interacciones sonoras donde estamos siempre afectándonos mutuamente. La idea de la resonancia es aquí tan poderosa en su sentido literal y acústico como en su dimensión alegórica y metafórica, esto es, la resonancia como interacción del sonido y la resonancia como proceso social y colectivo, ecológico, donde la escucha se convierte en un pilar en la interdependencia de los seres vivos, quienes al escucharse, aparecen, se dan vida, se manifiesta en una realidad y desarrollan conjuntamente su hábitat.

Esto es de suma importancia porque si la escucha se entiende como mero solipsismo, se limita, se pierde. Aunque es ante todo una tarea propia de la quietud y el despojo, no significa desentenderse del mundo y alejarse de sus manifestaciones. Lo contrario: al reducir nuestro ruido y cultivar el silencio, y por ende abrirse la resonancia en sus múltiples modos de comprensión, nos hacemos más conscientes de lo conectado que está todo, de la forma como los sonidos no obedecen a las fronteras y los muros que aparecen cuando la escucha parece dormir

La música es un ejemplo perfecto de esto, ya que nace como un fenómeno colectivo, como interacción. Ha sido siempre una forma de relación, desde el intérprete y el árbol del que salió la madera con la que fue construido su instrumento, o la electricidad que alimenta una caja de ritmos y su relación con la esfera cognitiva de quien la activa. Pero esto va más allá: se trata no solo de la idea de reconocer las posibilidades de lo colectivo desde lo sonoro, sino también de reconocer el rol de la escucha en la construcción misma del tejido social y colectivo. Escucha comunitaria, escucha relacional, escucha del entorno sonoro. Lo que sentimos al escucharnos en un conjunto de relaciones, lo que escuchamos al reconocernos rodeados, interfiriendo y siendo afectados por los demás objetos.

La escucha se da por ello a través de las disciplinas, se expone como una vía de encuentro entre diferentes perspectivas. En el ejercicio de la comunicación se hace evidente esta necesidad colectiva, por ejemplo. Esto es porque cuando nos disponemos a escuchar al otro, necesitamos vaciarnos de nosotros mismos, dejar espacio para lo que el otro dice sin atraparlo con nuestras intenciones y manifestaciones, sino manteniendo una apertura a la voz, guardando silencio como forma de abrirse a la comprensión múltiple de lo que el otro nos dice y lo que decimos al escucharlo. Es ser conscientes de lo necesario de la escucha para poder entendernos en un mundo donde tantos suenan, dicen y quieren decir.

4. Escuchar como respirar

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La escucha no es propiamente una decisión. Podríamos arrancarnos los oídos y no dejaríamos de escuchar. Porque siempre hay voces, incluso adentro, vasta con estar vivos. Muchos músicos escuchan una melodía en su mente antes de tocarla o llevarla a la partitura. Hay ritmos en la intangibilidad de lo mental rodeando la caja de ritmos antes de ser tocada. Hay efectos sonoros en la imaginación al leer un guión de una película, mucho antes de armar capas de sonidos para crearlos o tan siquiera grabar algo de material. El sonido nace en la escucha, vive en la escucha.

La escucha es furtiva, sucede al ver o al leer, como expresa Toop en su mencionado libro, donde busca las formas de escucha reflejadas en la pintura o la literatura. Esto es tanto por la naturaleza del escuchar como por la idea misma del sonido, que es efímero, pasajero, fantasmal, por tanto está y no está, aparece pero nunca se queda, no cobra solidez, tan solo emerge como una insustancial silueta hecha de puro tiempo y por ende borra a menudo la frontera entre lo real y lo fantástico.

Pero no solo en estos ámbitos oníricos la escucha aparece necesaria, sino en todo momento. Es una acción política, una constante invitación al entendimiento y la comprensión. No podemos entender lo que sucede sino sabemos escuchar; no sabremos qué dice algo o cómo interpretarlo, sin escuchar. Y más profundo aún: no sabremos quienes somos, sino escuchamos nuestra vida en sus diferentes temporalidades, como comenta Ximena Alarcón, teórica y artista sonora:

“La escucha tiene que ver con memorias, tiene que ver con tiempo pasado o presente –la escucha del ahora– y también del futuro, que es escucha de la intuición. Tiene que ver con escuchar con todos nuestros sentidos, no solo con nuestros oídos. Escuchar las 24 horas del día, y esto incluye escuchar en nuestros sueños.”

Así nos estamos encontrando con una escucha que siempre está activa, pero a la que debemos darle importancia para que realmente tenga efecto en lo que somos y hacemos, dado que se adapta y presenta en todas nuestras actividades cotidianas.

Por ello requiere tiempo, permanencia, atención constante. Es una de las características fundamentales de la escucha: sostenerla en el tiempo, cultivarla en términos de dedicarle prolongados encuentros, tanto en la quietud como en el movimiento. Para ello es importante ser consciente de la escucha tanto en cuanto forma de quietud e inmovilidad ante lo que suena, como en el caminar, en el movimiento, que se torna más lento y consciente con lo que somos y nos rodea.

Un ejemplo de esto son las denominadas caminatas sonoras, que consisten en caminar siendo conscientes de lo sonoro, aunque bien podría aplicarse a cualquier forma de caminar, donde nos hacemos conscientes, desde la escucha, de los diversos factores que nos componen. Esto es aún más importante si se trabaja con diseño sonoro, grabación de campo, etc, dado que esta consciencia de la escucha al caminar siempre nos estará revelando posibilidades de creación sonora unicas.

En resumen, la idea de escuchar como respirar es de saber que todo el tiempo está presente la posibilidad de la escucha en su apertura a todas las manifestaciones posibles, más allá de la discriminación específica que se pueda ejercer sobre la misma. Esto tendrá sin duda repercusiones en nuestra forma de relacionarnos y actuar.

5. Sonar y decir dependen de escuchar

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Por último pero no menos importante, y a modo de recopilación de los cuatro anteriores, encontramos el ejercicio de sonar y el de oír, que una vez están nutridos por un cultivo de la escucha sostenido, cambian de muchas formas. Sonar en términos de ser, de pensar, de componer, de imaginar, de decir. Esto es porque la escucha afecta como recibimos los mensajes y como desarrollamos la creatividad a la hora de hablar o componer una canción, dado que nos hace más conscientes de un espectro más amplio de la experiencia perceptiva.

Cuando ponemos atención en la escucha, los sonidos se revelan cada vez más profundos, manifestando cualidades de las que quizás no notabamos antes, como ciertos elementos del timbre y la textura, las complejidades de los micro-ritmos en cada sonido, los elementos de una estructura musical, la sensación producida, etc.

De esta manera comenzamos a asumir la experiencia del sonido como relación temporal, una relación que no es entre las cosas sino que es la cosa, es el sonido mismo. La escucha no puede contemplar el objeto/fenómeno oído separado de su audición porque el objeto no precede la escucha. Más bien, lo auditivo se genera en la práctica auditiva: en la escucha estoy en el sonido, no puede haber brecha entre lo oído y el oír; lo oigo o no, y lo que percibo es lo que oigo. Puedo percibir una distancia, pero esa es una distancia oída. La distancia es lo que oigo aquí, no en el más allá. No señala una separación de objetos o eventos, sino que es la separación como fenómeno percibido.

En otras palabras, oír y sonar son actos de igual importancia en términos del escuchar, yacen entrelazados y co-dependientes. Así la manifestación del sonido no se entiende separada de la de la escucha. Lo que suena necesita la escucha, asimismo lo que se escucha necesita de un sonido, así sea imaginario, pero siempre es escucha ante determinado panorama. Aun si no nos fijamos en un sonido determinado, se escucha su indeterminación, se escucha la apertura, se escucha la posibilidad abierta del continuo sonoro, imparable.

Si nos esforzamos día a día por guardar un poco de silencio, cultivar nuestra consciencia por lo que suena y comprender en mayor profundidad las múltiples relaciones que se entrecruzan en el acto de la escucha, es claro que podremos conocer el sonido en su expresión desnuda y profunda, que es a la vez la más simple, tanto como el acto de callar, donde desde tiempo sin principio, sucede la música.

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