Sonido en vivo

No, los conciertos no suenan tan mal

08/09/2017 por R. Sendra
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Este artículo es una réplica a ¿Por qué suenan tan mal los conciertos?

¿Tiene razón Bobby Owsinski cuando dice que la mayoría de conciertos suenan mal? La verdad es que la respuesta podría ser sí, algunos suenan mal: al-gu-nos. No puedo quitarle razón cuando lo que afirma es un sentimiento propio, una opinión totalmente respetable. Pero donde no estoy para nada de acuerdo es en las premisas que utiliza para justificar su opinión.

A grandes rasgos, su artículo versaba sobre lo siguiente: una generación de técnicos parece dar mas importancia al bombo y caja que a lo que realmente importa, que es la voz. Esto es indiscutible y, sin duda alguna, como muchos habéis publicado, alguna que otra vez hemos sido espectadores de algo parecido a lo que Owsinski describe. Pero, ¿es tan habitual como para afirmar que una gran mayoría de conciertos son así?

Hay cuatro motivos principales que pueden hacer que un concierto no suene bien: acústica, equipo de sonido, mezcla o músicos. Si sólo falla uno es probable que el resultado global sea entre mediocre y malo. En mis intervenciones en estas páginas, y como técnico de directos, siempre he intentado centrarme en los dos puntos donde tenemos margen de maniobra: conseguir un equipo de sonido correcto para nuestro propósito y conseguir un procesado de la mezcla lo más cercano a nuestros objetivos. Hemos hablado de acústica, aunque la mayoría de veces es un elemento ajeno a nuestras demandas (nos hacen trabajar ahí y punto) y, evidentemente, no soy el más recomendado para indicar a los músicos cómo deben interpretar sus canciones. Owsinski, en el preámbulo de su artículo, da por hecho que los equipos de sonido de hoy en día son lo suficientemente buenos para conseguir batir cualquier reto y también da por hecho tanto la acústica (en realidad lo confirma con una sentencia) como la calidad adecuada de los músicos, es decir, centra toda su visión única y exclusivamente en la mezcla.

Aceptado el marco de actuación, justifica su opinión en el hecho que hay un concepto de mezcla erróneo: el bombo y la caja son la parte más importante de la mezcla. Al aplicar este concepto de mezcla se merma la reproducción de la voz, restándole inteligibilidad, lo que reduce la experiencia por parte del espectador en el disfrute de un concierto. Siendo sincero, no puedo reprocharle nada: es muy fácil ver que si estamos en un lugar de acústica correcta con el equipo correcto y quien mezcla es agresivo con el bombo y la caja, y aún teniendo encima del escenario grandes músicos y perfectos arreglos, si no se escucha la voz es que realmente el técnico que mezcla es malo. Muy malo. Jodidamente malo. Si el equipo es bueno y está bien configurado, el técnico habrá demandado un rango dinámico suficiente como para que los sonidos transitorios puedan resolverse dinámicamente bien sin necesidad de tener que enmascarar frecuencias por compresión en contra de una voz que, por muy sensible que sea, demanda y necesita de su espectro frecuencial necesario. Pero de ahí a sentenciar que la inmensa mayoría de conciertos suenan así…

No quiero seguir sin dejar en evidencia un dato: en estas coordenadas idílicas, el problema no sería el bombo, sino la caja, que de los dos elementos musicales que cita, es el único cuyo rango de frecuencias suele ser de los 120 a los 4.000 Hz más o menos. Es aquí donde empiezan los problemas de coherencia del artículo de Owsinski. De hecho, sólo menciona la caja una vez.

El autor cita cinco puntos responsables de que los conciertos no suenen bien.

En el primero, y cito textualmente, dice: “La voz no destaca. El vocalista es, normalmente, la razón principal por la que vamos allí. Mezcladla para que podamos oírla y entenderla, por favor”. Este primer punto es el motivo de su crítica: no escucha las voces. Insisto en el hecho que, según él, es un problema de mezcla, para nada de interpretación, acústica o equipo/recursos.

En su segundo punto empieza a buscar culpables: “Demasiada dependencia de los subwoofers. En la vida real, la única vez que escucharás algo en los 20-30 Hz será durante una tormenta eléctrica, terremoto u otro fenómeno natural. Poner demasiado subgrave -y a veces es la norma- puede ser una gran distracción.”.

¿Un ‘exceso’ (que no determina numéricamente) de 20-30 Hz puede enmascarar la voz en un sitio donde la acústica es buena y el equipo también? Bueno, sí, sería posible con una relación 100:1 (subs/tops), pero esto es algo que entra en el campo experimental. Incluso demandando una relación 3:1 y teniendo en mente las curvas Fletcher-Munson, la percepción del oído humano seguiría discriminando perfectamente la banda 20-30 de la parte menos crítica de la inteligibilidad humana: de 800 a 4.000 Hz. De hecho la mayoría no “escucharíamos” esos 20-30 Hz, sino que los “sentiríamos”. Antes de querer justificar a Owsinski diciendo que a veces demasiado sub puede ser perturbante, debo insistir en el escenario que el autor nos induce: no hay problemas de acústica, el equipo es el correcto y sólo habla de la banda entre 20 y 30 Hz. En realidad, si no hay ningún problema de esta índole, sólo la caja podría mermar la inteligibilidad, pero no el bombo; y eso que ambos son transitorios.

Independientemente del estilo musical, supongo que todos estamos de acuerdo que cuando el espectador paga para disfrutar de un concierto paga para emocionarse. Visto así, todo, absolutamente todo, gira alrededor de este propósito. El cantautor o banda se disponen en el escenario para resultar atractivos, el de luces prepara un show visual acorde a lo que el autor quiere presentar, incluso últimamente se recurre al vídeo como fuerte elemento visual. Es evidente que trabajar justamente esas bajas frecuencias que, en la “vida real” apenas podemos disfrutar y que sabemos, gracias a la psicoacústica, que nos producen en situaciones controladas una mejora receptiva, es parte intrínseca de lo que llamamos “show” o espectáculo. Si, además, y en el caso concreto del audio, tenemos una buena acústica y equipo, no hay nada que perder y mucho a ganar. En la “vida real”, a no ser que estés en una habitación muy grande limpia de muebles y otros ornamentos o en el Cañón del Colorado no hay ni largas reverberaciones ni tampoco ecos (y, peor aún, ecos que vayan a tempo)... ¿deberíamos prescindir de ellos también?

Sigamos. Punto tres: “Demasiado bombo. Como resultado de los puntos anteriores, muchos técnicos de sonido parecen tener una visión miope del bombo. Le dedican mucho más tiempo a obtener su sonido que a cualquier otra cosa sobre el escenario. Creedme, la mayoría de los bateristas con nivel de concierto utilizan baterías que ya suenan genial. No requiere tanto esfuerzo que suenen bien”.

Sigue insistiendo en que son los graves los que destruyen la inteligibilidad de la palabra. A mi no hace falta que me creáis, más bien al contrario: dudad de mi, pero recurrid a la física, que no suele engañar. Así, si sabemos que las bajas frecuencias son la que inciden físicamente en nuestro cuerpo añadiendo mayor emoción sensitiva a la experiencia de un espectáculo y si, además, según las curvas isofónicas, el rango entre los 20 y 120 Hz (he subido 80 Hz a la demanda de Owsinski) es significativamente tan importante como el de todo el espectro que utiliza la voz, es muy fácil entender que vale y mucho la pena trabajar seriamente esos elementos que tienen su protagonismo en esa banda grave: bombo y bajo. Por ello invertimos mucho dinero en subs, microfonía específica, procesados diferentes, etc. Curioso que, en todo el artículo, Owsinski no se haya referido nunca al bajo. Y ahora me pregunto: ¿por qué hacemos “sonar” los bombos diferentes al sonido real? ¿No será porque en el estudio se ha modificado tanto que nos vemos en esta obligación? Volveremos a ello cuando hablemos del punto número 5.

Omito el punto 4 pues es redundante al volver a incidir en lo mismo pero visto desde otra perspectiva. No vale la pena, amén de recordar que, normalmente, si invertimos tiempo trabajando con la voz (lo que suele suceder es que, para el espectador ajeno, probar un bombo resulta tedioso, aunque sean 5 minutos -que ya me parece mucho, la verdad-, mientras que cuando pruebas una voz resulta más agradable aunque sean 30 minutos).

Cito el punto número 5 de Owsinski: “Malos hábitos de mezcla. Parece que muchos técnicos nunca han escuchado el CD de la banda que están mezclando. Vale, es distinto mezclar en vivo. Vale, tienes que vértelas con algunas salas y recintos absurdos. Pero los puntos 1, 2, 3 y 4 de esta lista nos llevan al 5. Es tiempo de romper al círculo”.

Por partes. “Parece que no han escuchado el CD de la banda”. Soy un tremendo defensor del hecho que las bandas necesitan su técnico y que, además, éste debe supeditarse a las “órdenes” de la banda. Pero no espere que si una banda no viene con técnico, el que manejará la mesa dedique horas a escuchar el disco. Nuestro trabajo como técnicos que mezclamos una banda es batir con éxito los retos del artista o banda y, en la mayoría de casos, no debe convertirse en un trabajo creativo, sino resolutivo. Estamos trabajando para defender el producto de la banda, no el nuestro. Entendiendo lo anterior, no me cabe en la cabeza el técnico que se convierte a su vez, por decisión propia, en productor, aunque no por ello esto debe significar un ‘mal sonido’, sino una mezcla diferente. Si aceptamos este hecho, la crítica de esos bombos que suenan diferentes quizá Owsinski debería realizarla a los productores musicales o, porqué no, a los propios baterías.

No es lo mismo mezclar para unas cajas estéreo, digamos, domésticas, que para una audiencia de 1.000, 5.000 o 80.000 personas. Entran en juego decenas de nuevos retos como la dispersión, coherencia, control de fase, etc.: no, no es lo mismo mezclar un disco que un directo. Y terminaré con el punto donde estoy convencido que Owsinski plantea erróneamente su crítica: “tienes que vértelas con algunas salas y recintos absurdos”. Exacto. En un estudio de grabación tienes control absoluto de casi todo… pero si algo tenemos los que mezclamos en directo es la imperiosa necesidad de tener que lidiar no sólo con acústicas nada apropiadas (incluyendo pabellones deportivos o la tontería de sonorizar eléctricamente en auditorios pensados para reproducción acústica), sino además, como mínimo en este país, con equipos de sonido por debajo de lo mínimamente necesario y normalmente ajustados de manera estándar. Y eso que dejo fuera de la ecuación, esta vez, la calidad intepretativa de los músicos o, simplemente, la calidad de los arreglos musicales. Estoy convencido que la mayoría de los conciertos que él escuchó mal fueron culpa de la acústica, el equipo o incluso de la mala elección de su asiento o posición en platea, no de la mezcla.

No, Owsinski no tiene razón. No puede culpar a toda una “generación de técnicos” si no ve el conjunto del problema. La próxima vez que vaya a un concierto espero que abra su mente y piense en los retos y condiciones antes de publicar opiniones tan generalizadas basadas en premisas erróneas. No se deben confundir los gustos musicales particulares con los objetivos de una banda. Hay varias generaciones de técnicos que mezclan contra viento y marea justamente para que todos los espectadores puedan disfrutar de su banda favorita, respetando al máximo posible los deseos de la banda y luchando contra acústicas nefastas, equipos por debajo de lo necesario y, a veces, con bandas que habrán tenido un buen productor, pero que no saben ni pueden defender su disco en directo.

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