Memorias del Asesino. Apéndices

Se enciende una antorcha y en seguida, el hombre al que ilumina se envenena.

Ha visto al otro que ha llevado desde siempre en la memoria.

Despreciable por momentos, adorable cuando dice ser un niño,

le regalaron un mundo y una espada que domina cada átomo de tierra.

Hoy se lucha, y mañana,

sigilosos fantasmas como brumas

contra estatuas de frágil porcelana.

Y el gusano,

ese del que el mundo se ha olvidado,

cuenta muertos con los dedos que tendría

si aquel día

no le hubieran cercenado las feas manos.

Reptiles alocados, 

caprichosos como espejos que se burlan de quien busca en sus reflejos distraídos,

con disimulo,

ocultando en los cadáveres dormidos

esa chispa que huele y que sabe a que están vivos.

También mustios, limpiando con saliva las cavernas más decadentes,

con premura, sin detenerse jamás,

pero lentamente.

Ha llegado un loco

y por él te lo juegas todo,

preguntándote qué es lo que realmente tienes y por qué alguien lo quiere.

Es el odio, el odio que tu sola visión le provoca,

el monstruo te odia y ahora dicen que no puede matarte.

Sus babas te salpican y te hieren, el ácido corroe tus sentidos,

tu sangre quiere brotar y empuja con tanta violencia que estremece verte,

se abre y cierra su mandíbula junto a tu rostro una y otra vez,

una y otra vez

y siempre igual, el terror que sientes es el mismo.

Has coronado la montaña y no te ha servido de nada,

has cruzado el río y eso no te ayudará en nada,

porque el odio es tan viejo como el mundo

y su aliento es tan puro como el aliento de un niño.

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