Camina, seguro que encuentras algo

Una escritora “primeriza” preguntó a Jose Luis Sampedro durante una de sus enriquecedoras charlas: ¿Cuál es el secreto para escribir una gran historia?

Sampedro le contestó que el secreto estaba simplemente en sentarse y comenzar a escribir, lo que fuera. La gran historia llegaría después. (quizá no fueran esas las palabras exactas, hace algún tiempo de aquello, pero sí el contenido exacto).

Las grandes historias no se encuentran antes de comenzar a escribir, en la mayoría de ocasiones nos las encontraremos (o nos encontrarán) unas cuantas páginas más adelante. Lo mismo ocurre con la música.

Por supuesto, a veces nos sentamos a tocar o escribir con una gran idea ya en mente, teniéndolo todo muy claro. Pero también ocurre que, cuando hemos encontrado ese hueco (que a menudo, en los tiempos en que vivimos, cuesta tanto encontrar), ese momento en el que estamos solos, tranquilos, hemos sentado al stress en otra parte y queremos aprovechar para hacer un tema. ¡Un buen tema! y... no sabemos por donde empezar.

Llevamos días y días buscando ese momento y ahora nos encontramos con el papel (o el secuenciador) en blanco. Hay tantas opciones, tantos puntos de partida, tanto principios posibles que cuesta dar el primer paso.

El mayor error que puede tener un artista al enfrentarse ante la hoja en blanco es obligarse a querer tener ya claro como va a ser la pieza. Querer crear desde el principio una melodía o motivo espectacular. Si esto ocurre ¡Fantástico! Y si no, quizá la mejor sea seguir el consejo de Jose Luis Sampedro.

Cuando uno compone no esta tocando en directo, lo primero que escribes lo puedes borrar (o no). Pero sin eso primero que has escrito y que quizá luego termine en la basura no llegarías, quizá, a encontrarte con ese “estribillo” o con esa parte principal.

Es como si cuentas algo que te ha pasado durante el día. No comienzas a narrarlo desde que sales del ascensor. Saltas directamente a la situación que consideras interesante. Resulta evidente pensar que esa situación nunca habría ocurrido si no hubieras salido previamente de casa (a menos que sea una anécdota doméstica...).

Yo, por ejemplo, había comenzando este artículo poniendo otro ejemplo, otra introducción. A mitad recordé la anécdota de Jose Luis Sampedro y como veis, ha terminado siendo el encabezamiento principal del artículo.

Lo mismo me ocurre habitualmente con la composición: Partes B se terminan convirtiendo en Partes A, lo que iban a ser partes A son eliminadas. Partes del desarrollo se colocan como leitmotiv del tema, etc...

Es más, darle vueltas a un tema principal, para “decirlo todo en cuatro u ocho compases”, no tiene porque ser el “inicio” que necesitamos. En el arte en general no siempre es necesario que la temática principal de la obra sea llamativa por sí misma (esto dependerá en gran medida del género, está claro). Los desarrollos en muchas ocasiones convierten premisas simples en obras maestras. Esto lo vemos frecuentemente en la literatura, en la pintura (retratos de personajes terribles en el “continente” y el “contenido” pueden ser grandes obras de arte), en el cine y como no: en la música.

En música, el desarrollo de un motivo que a priori puede resultar simple y que sacado de contexto musicalmente no tendría mucho futuro, no sólo es habitual sino que dicho proceso es la estructura de muchas obras.

Grandes obras de Bach, por ejemplo, no son geniales por contener bellas melodías (y eso que las tiene en muchas piezas) si no por el desarrollo que hace de motivos bastante simples. Como juega con ellos, como los retuerce, como saca sentimiento y emociones de donde parecía que no se podía encontrar gran cosa.

Bach, sin ir más lejos, compuso un tema usando como motivo principal las notas que coinciden con las letras de su apellido... Nadie mejor que él sabía que, mediante un desarrollo adecuado, se pueden sacar melodías interesantes de cualquier parte.

Otro ejemplo muy popular y que conocemos todos es el de la 5ª sinfonía de Beethoven, fijaros en la que lía, el principal artífice del romanticismo, desarrollando las cuatro notas del motivo inicial.

Los que me habéis leído en otras ocasiones ya sabéis que tengo cierta debilidad por las composiciones de F.Listz. Probablemente podría poner mejores ejemplos pero me viene ahora a la mente su primer concierto para piano. El clímax del primer movimiento llega al final de éste en el diálogo entre el piano y la orquesta, en una especie de “epílogo” de todo lo transcurrido hasta ese momento. Un clímax que no se apreciaría igual, y al que probablemente no habría llegado el compositor, sin haber atravesado previamente todos los compases anteriores.

En el Jazz también saben mucho de desarrollo. Pero en este caso a tiempo real. Cada improvisación es en si misma una oportunidad para decir de miles de formas distintas, aquello que el tema ha presentado en pocos compases. Temas que en la mayoría de casos no son más que excusas para que el músico improvise, para que el músico los desarrolle con sus palabras.

La improvisación es un buen ejemplo para ilustrar el tema de este artículo. Raramente alguien se pondrá a improvisar en serio sin partir de una idea (a menos que se trate de un ejercicio mecánico). O bien comenzará a partir de un tema o bien de una emoción. Al componer nos ocurre lo mismo, necesitamos un principio. Toca algo, escribe algo, lo que sea. Si ya tienes el principio, lo siguiente es mucho más sencillo. Además, si vamos a querer borrar algo resultará más sencillo hacerlo sobre el papel, o desde la “papelera de reciclaje”, que en nuestra cabeza. En nuestra cabezota es fácil que se atrinchere una idea poco útil y que quizá esté tapando una genialidad que se encuentra justo detrás.

En todo caso, dar un paso es la manera más sencilla de poder dar el siguiente. Y cualquier camino (dentro y fuera de la música), si se anda lo suficiente, hará que más tarde o temprano te encuentres con cosas fantásticas.

Juan Ramos.

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