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La belleza del sonido en la transformación de una gota levitando

El sonido es una fuerza extraña, un elemento misterioso, siempre capaz de establecer relaciones con la realidad de formas insospechadas y sorprendentes. Su naturaleza pende entre el hallazgo científico y la apertura estética, es siempre una manifestación tan exacta como artística, tan medible como fantástica. El sonido aparece desapareciendo, se presenta esfumándose, es pura transitoriedad, evento, vida.

Esta característica de movimiento, vibración y fugacidad puede encontrarse realmente en la manifestación de todas las cosas, sin embargo el sonido es probablemente la dimensión más directa para apreciar ese arte que imprime el tiempo en los cuerpos y que hace de lo efímero un gesto de suma belleza, de alguna manera exponiendo universos en un instante, la magnitud de la vida en cada momento. Allí las ondas acústicas, aunque invisibles, son una muestra de ello, fidedigna representación de la perfección de la vibración cósmica. Por ello manifestación es vital, y su estudio y exploración, aún más.

En los últimos años la investigación con el sonido ha ido avanzando hacia territorios que precisamente tratan de entender el fenómeno no únicamente desde los tradicionales modelos de lo audible, para ello ahondando en perspectivas que permiten un acercamiento a esa realidad de la vibración en sí; es decir, el sonido no sólo entendido como un algo que vibra, sino como también la vibración misma como un algo que suena, entendido este sonar más allá del oír; o sea, una manifestación del sonido que se estudia desde su visualización en ámbitos diferentes a éste y en los cuales se evidencia su belleza desde la relación con otros medios, materiales y en determinadas condiciones.

Para nadie es secreto las muchas formas de experimentación y aplicación con que cuentan por ejemplo, los llamados ultrasonidos, dado que aunque estos se ubican fuera del rango audible, inciden de forma notable en nuestro funcionamiento y en la estructura misma de las cosas. En la llamada cimática, disciplina que estudia el sonido en su manifiesta relación visual con otros estados de la materia/energía, como se ve en torno a la luz, a lo líquido, lo sólido, etc.

Esta búsqueda además de revelar interesantes cuestiones en el estudio mismo de las ondas, la morfología y la estructura como tal de los sonidos, también permite comprender cómo el resto de manifestaciones de la realidad –que también son vibración–, responden a las cuestiones sonoras. De hecho el caso que inspira esta corta reflexión es precisamente un ejemplo de lo antes dicho: la transformación de la materia líquida a través del sonido, como alguna vez ya vimos en experimentos de la instalación Sonic Water.

Ahora el experimento corre a cargo de una investigación de la Universidad de Clemson dirigida por W. Ran, S. Fredericks y J.R. Saylor quienes, a partir de la generación de un campo de ultrasonidos, ponen a levitar una gota de líquido cuya forma va cambiando según varía la intensidad de frecuencias del campo, logrando unos resultados alucinantes. Mejor verlo antes de seguir hablando:

De entrada el hecho de poner a levitar un cuerpo, aunque sea tan pequeño como una gota, es ya asombroso. Parece simple por un lado, complejo por el otro. En teoría es un asunto entendible y fundamentado desde la propia ciencia, pero en la práctica genera una sensación inigualable, inagotable: saber que el universo de átomos que habita en una gota, pueda permanecer suspendido en el aire gracias a las invisibles ondas sonoras, es tan científicamente interesante como poéticamente hermoso.

Pero ahí no acaban los investigadores: logran mediante la manipulación de las frecuencias emitidas, hacer que la gota obtenga cierta forma de disco, para luego alterar el radio del mismo mediante diferentes modos de oscilación y frecuencia, con lo cual la gota comienza a variar sus propiedades y figuras, generando una deslumbrante escultura efímera y transitoria, una visible oda a la naturaleza del sonido, llegando a formar una figura de varios puntos, resultado de un proceso de diversos patrones igualmente interesantes.

Para los interesados en el tema, hay mucho aún por recorrer, y son muchos otros los ejemplos de experimentos con cimática, levitación acústica y otras técnicas (como encontramos en los foros) por ejemplo:

También hay quienes se han puesto a la tarea de crear un extintor que no apaga el fuego con aire comprimido sino con un altavoz que emite frecuencias graves, como dos estudiantes de la universidad George Mason en Virgina, Estados Unidos, según se aprecia en vídeo.

Y para cerrar que mejor que este video de Nigel Stanford que ya alguna vez compartimos, dedicado precisamente a explorar estas manifestaciones visuales del sonido: en el agua el fuego, los gases, las formas de la materia en su más fina resonancia, en la más bella estructura de su acontecer no reflejada desde la a menudo olvidada invisibilidad, sino directamente en aquella dimensión de lo que vemos y tocamos, donde encontramos que más allá de su formas, todo arte y toda ciencia no son otra cosa que la transmutación más exquisita de la vibración de la energía.

Es sin duda una manera bastante única de hacernos conscientes de la realidad de las ondas acústicas y su impacto sobre nuestras vidas; de cómo todos los objetos y estructuras que estos conforman y cómo todos los paisajes y sucesos, están íntimamente relacionados con ese misterio insondable que llamamos sonido y que si bien se manifiesta en la esfera de lo audible, va muchos más lejos. Por eso la música como arte mismo del sonido, no se agota en el mero oír, porque nos envuelve en todo lo que somos, sentimos, pensamos, formamos, tocamos, vemos, vivimos.

Miguel Isaza
EL AUTOR

Miguel es un investigador que relaciona la filosofía, el arte, el diseño y la tecnología del sonido. Vive en Medellín (Colombia) y es fundador de varios proyectos relacionados con lo sonoro, como Éter Lab, Sonic Field y Designing Sound.

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