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"Fruity Loops tuvo éxito porque no fue creado para músicos", dice su creador

FL Studio
FL Studio 20

Hay varios puntos que parecen haber embrujado desde siempre las discusiones sobre informática musical, desde la comparación de lo analógico y digital, hasta la mentalidad conservadora que se enfrenta a la heterodoxia que con el Auto-Tune está "acabando la música", pasando por eternos hilos sobre cuál es el mejor DAW o el plugin definitivo que hará de tu mezcla la más sorprendente. Y más allá de buscar verdades absolutas, estas discusiones lo que muestran es que no se trata de una cosa u otra necesariamente, sino de la posibilidad de admitir que la diversidad es riqueza, y las opciones a elegir no son para enfrentarlas sino en nuestro propio uso, esto es, averiguar si se acomodan o no a nuestras necesidades.

En este punto, un DAW se elige como el espacio de trabajo nuclear no necesariamente por cumplir unos requisitos que la mayoría solicite o por aparecer como el más utilizado en los foros, sino principalmente gracias a satisfacer necesidades concretas de uno, que es el usuario. El mejor software es el que se ajuste de forma más ágil o profunda al flujo de trabajo, los intereses y el bagaje de cada uno. Y esto es debido a que fueron programados bajo unos métodos y formas de trabajo, que en muchos casos no nacen ni siquiera de músicos en sí.

FL Studio 2 de 1999
Fruiti Loops 1.0 de 1998

Es el caso de FL Studio, uno de los DAWs más populares del mercado, que hasta 2003 era conocido como Fruity Loops, y que hoy por hoy ostenta más de 10 millones de usuarios en todo el mundo, habiéndose popularizado precisamente por ser un DAW con especial interés en acercarse a quienes carecen de conocimientos musicales. Aunque muchos otros han seguido este camino, FL sigue caracterizándose por no ser una herramienta complicada, sino todo lo contrario: se plantea de una forma tal que pueda dominarla cualquier usuario, sin conocimientos musicales previos y a la forma de una suerte de videojuego, que es de hecho el entorno donde nació.

Esto de la simplicidad y la simpatía con los incautos hablando en sentido musical tradicional, no es sin embargo una mera cuestión de diseño, de estrategias de marketing o de pronta imaginación de un extenso equipo de trabajo. Realmente todo nace de una manera íntima y la historia tras FL es un tanto más personal, como cuentan en Genius News.

Comenzó cuando el co-fundador de Image Line -actuales dueños de FL Studio- decidió contratar al genio de Didier Dambrin, programador que ingresó a la empresa en un principio para crear videojuegos, línea que Image Line había comenzado con una versión erótica de Tetris, idea que trascendieron hacia algo que ni ellos mismos se imaginarían.

"Decidimos ir más lejos que eso y entonces contratamos a Didier Dambrin quien fue uno de los, o aún es, probablemente, uno de los desarrolladores más talentosos que jamás haya conocido."

En la entrevista, el programador, conocido como "Gol", sale en cámara -lo cual es poco habitual en él- y cuenta algunos datos interesantes, sin olvidar resolver algunas curiosidades, como el origen del nombre Fruity Loops, que como muchos habrán imaginado alguna vez, sí: proviene del cereal de Kellogg's de nombre muy similar.

A Gol le preguntan sobre el nombre de la app y cuenta que para él "se trataba realmente un nombre tonto, porque los nombres tontos son realmente buenos para productos." Tras una demanda de la misma Kellog's, nace FL Studio, reemplazando el nombre original que le dió Dambrin a su proyecto, que según narra, nació como un asunto personal, un experimento de programación que se fue convirtiendo en un trabajo demasiado exigente para trabajarlo personalmente, ante lo cual Image-Line tuvo la idea de patrocinarlo.

"No tengo mucho bagaje musical y creo que esa es la razón principal por la cual Fruity Loops tuvo éxito: por que no fue diseñado para músicos"

No lo pudo dejar más claro, de paso dejándonos una moraleja para futuras diatribas: hemos de aceptar que vivimos en tiempos donde la música no se va a dañar porque las herramientas permitan aquello que antes no se podía o que con pudor aún se examina. La música se hace de forma sencilla y para lograr ser efectiva, no necesita ser excesivamente pensada. Y tampoo quiere decir que no valga la pena el cultivo de un instrumento musical. No son propiamente formas opuestas. No es que ahora todo el mundo sea músico; que la música la puede hacer todo el mundo, incluso si no es músico. Los retos de la producción hoy son precisamente esa integración inter-disciplinar que concentra la creación musical, que como profesión es válida para el no músico, que en nuestros tiempos se parece cada vez menos de la figura del compositor ante la partitura y más a la del programador ante el robot, sin decir que son opuestas.

Se trata precisamente de una forma cibernética de aproximarse a un proceso que hasta antes de entornos como FL, era distante para muchos. Los estudios de grabación, sus regentes y quienes allí grababan, parecían formas reservadas solo para unos cuantos, pero el fenómeno del home studio y la democratización de procesos como la creación musical en masa, abrieron el panorama a otro nivel. Cuentan en el mismo reportaje, como por ejemplo, Soulja boy se hizo más de 10 millones de dólares por una canción que hizo en 10 minutos en Fruity Loops, y con una copia pirata del DAW.

Inimaginable el poder de tal algoritmo, incluso para la gente de Image Line, que se dieron cuenta del real potencial de su software por allá en 1999, cuando cuenta Cannie que lanzaron la segunda versión de su software y colapsaron todos los servidores que la distribuían. Desde entonces FL es no solo la entrada de muchos a la producción musical, sino el descubrimiento de su forma de vida, de su sustento, como sucederá con otras aplicaciones, formatos o instrumentos, que a la larga nos permiten hacer lo mismo, por eso de que el software mismo es también evolución del instrumento, del espacio de creación, del canal de expresión.

Lo interesante es que nada se excluye y los conocimientos musicales se expanden mutuamente para alcanzar otros territorios, pues a fin de cuentas tanto la programación como la teoría musical de formación tradicional, responderían a dos patrones aún más elementales: la matemática y el sentimiento, las cuales, mientras sigan presentes en nuestras herramientas, podemos seguir soñando con canciones, sin importar si salen de un software en un par de minutos, o si fueron compuestas bajo esquemas estrictos de lenguajes de la historia, e inagotables curvas de aprendizaje amparadas por el más excelso virtuosismo.

Miguel Isaza
EL AUTOR

Miguel es un investigador que relaciona la filosofía, el arte, el diseño y la tecnología del sonido. Vive en Medellín (Colombia) y es fundador de varios proyectos relacionados con lo sonoro, como Éter Lab, Sonic Field y Designing Sound.

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