Cory Doctorow y el copyright

Cory Doctorow

¿Y por qué debería importarnos todo eso de la reforma del copyright? ¿Qué nos estamos jugando?

Todo.

Hasta hace poco tiempo, el copyright era una regulación industrial. Si caías en las redes del copyright era porque estabas utilizando un pedazo de aparato industrial. Una imprenta, una cámara, una prensa de discos. El coste de estos aparatos era extraordinario así que añadirle un par de miles más por el servicio de unos buenos abogados especializados en copyright no era lo que se dice un desfalco. Añadía simplemente un par de tantos por ciento al coste de hacer los negocios.

Cuando entidades no industriales p.ej. gente, escuelas, iglesias, etc. comenzaron a interactuar con trabajos protegidos por el copyright, empezaron a hacer cosas sobre las que la ley del copyright no tenía que decir; escuchaban música, cantaban alrededor del piano o veían películas. Comentaban lo que habían disfrutado. Cantaban en la ducha. Se lo contaban —cada día con una variación distinta— a los niños antes de irse a la cama. Citaban. Pintaban igual las paredes de la habitación de los niños.

Llegaron los primeros días del copyfight. La era analógica, la de los grabadores de vídeo, los radiocasettes de doble pletina, las fotocopiadoras, y otras primitivas herramientas para la copia. Ahora ya sí era posible hacer cosas que invadían el reino de las actividades reguladas por el copyright. Copiar, interpretar, visualizar, adaptar. La gente empezó a leer novelas fotocopiadas, los chavales a cambiarse cintas de casette, o incluso te podías llevar programas grabados de la tele y hacer una fiesta.

Aún había comparativamente poco peligro en el proceso. Aunque se trataba de actividades dudosamente ilegales —aunque ya los propietarios de derechos comparaban los grabadores de vídeo con «el estrangulador de Boston» y aseguraban que «grabarse cintas en casa mata la música»— el coste de la lucha legal contra ellas era demasiado alto. Los proveedores de contenidos, las discográficas y los estudios no podían estar en casa de todo el mundo para ver qué hacían, no al menos sin una carísima red de cotillas cuyos salarios habrían excedido con mucho las pérdidas que hubieran evitado.

Pero llegaron el ordenador personal y la Internet. Estas dos tecnologías representan el impulso perfecto para trasladar las actividades cotidianas de la gente al reino del copyright. En cada hogar hay un aparato que permite actos masivos de violación de copyright, y dichos actos tienen lugar en la plaza pública —la Internet—, donde es posible monitorizarlos de forma económica, multiplicando por mil la posibilidad de acusar de delitos a la gente normal.

Lo que es más, las transacciones en Internet suponen una ofensa al copyright más sencilla que sus equivalentes offline. Simplemente porque cada transacción en Internet significa una copia. La Internet es un sistema muy eficiente para hacer copias entre ordenadores. Una charla en la cocina sólo provoca una pequeña perturbación en el aire causada por el sonido. La misma conversación en Internet significa miles de copias. Cada vez que pulsas una tecla, esa pulsación es copiada varias veces en tu ordenador, luego copiada al módem, luego copiada en un conjunto de routers, de ahí a un servidor que podría hacer cientos de copias, efímeras o backups, hasta llegar al destino de la conversación, quien podría causar unas cuantas docenas de copias más.

La ley del copyright sigue considerando a la copia un acontecimiento raro y valioso. Pero en la Internet la copia es automática, masiva, instantánea, libre y constante. Recorta una viñeta de Dilbert y pégala en tu corchera y no estás violando el copyright. Sácale una foto a la corchera y ponla en tu página web para que tus compañeros puedan verla, y acabas de violar la ley del copyright. Dado que la ley amenaza la copia como si fuese una actividad extraña, permite penalizaciones de cientos o miles de dólares cada vez que la violas.

Hay una palabra para todo lo que hacemos con el trabajo creativo, hablando, cantando, actuando, dibujando y pensando. Lo llamamos cultura. Y la cultura es vieja. Mucho más vieja que el copyright.

Es la existencia de la cultura lo que hace valioso al copyright. El hecho de que tengamos un insaciable apetito de canciones que cantar juntos, de historias que contarnos, de arte que ver y que añadir a nuestro vocabulario visual, es la causa de que la gente pague dinero por ello.

Permítaseme repetir esta idea; el motivo por el que existe el copyright es porque la cultura crea un mercado para el trabajo creativo. Si no existe un mercado para el trabajo creativo, no hay ningún motivo para ocuparse del copyright.

El contenido no es el rey, sino la cultura. El motivo por el que vamos al cine es para tener algo de que hablar. Si te mando a una isla desierta y te digo que elijas entre llevarte tus discos o a tus amigos, serías un puto sociópata si eligieses la música.

La cultura es compartir información. Los lectores de Ciencia Ficción lo saben. El tío con el que te encuentras en el metro con una novela de CF en sus manos es parte de tu tribu. Los dos habéis leído los mismos libros, compartís las referencias culturales. Tenéis algo de que hablar.

Cuando oyes una canción que te gusta, la tocas para la gente de tu tribu. Cuando lees un libro que te encanta, se lo prestas a tus amigos para que también lo lean. Cuando ves un buen programa en la tele, le dices a tus amigos que también lo vean. O buscas alguien que también lo haya visto para tener una conversación con él.

Así que la inclinación natural para alguien en posesión de un trabajo creativo es compartirlo. Y dado que compartirlo en Internet significa copiarlo, al hacerlo los defensores del copyright te pondrán la cruz. Pero todos copian. Dan Glickman, el ex congresista que ahora manda en la Motion Picture Association of America —los mas obsesionados con el copyright que te podrías imaginar— admitió haber copiado el documental This Film is Not Yet Rated de Kirby Patrick —una devastadora crítica del sistema de puntuaciones de la propia MPAA— pero se excusó dado que la copia había sido realizada en una cámara de seguridad. Pretender que nunca copias es adaptar la retorcida hipocresía de los Victorianos que afirmaban nunca haberse masturbado. Todos sabemos cuando estamos mintiendo, pero es que solemos saber también cuándo otro nos miente.

El problema con el copyright es que, encima, los que copian están contentísimos de admitir que lo hacen. La mayor parte de los usuarios de Internet americanos practican compartir ficheros ilegalmente. Si sus redes de intercambio cerrasen de un día para otro, se cambiarían los mismos ficheros, y más, mandándose por correo discos duros, pendrives y tarjetas de memoria. Muchos más datos cambiarían de manos. Sólo un poquito más despacio.

Los que copian saben que hacen algo ilegal pero no les preocupa, porque creen que la ley no va a criminalizar lo que están haciendo y asumen que la ley se preocupará más de formas de copia masivas como la venta de DVDs piratas en la calle. Pero es que, de hecho, la ley del copyright penaliza de forma menos severa vender DVDs en la calle que compartir el contenido de los mismos en Internet, gratis. Y resulta que el riesgo cuando compras uno de esos DVDs en la calle —para vigilar eso hay que contratar policías, ya sabes— para ti es menor que si te lo bajas.

Los copistas están creando su propia ética de lo que deberías y no deberías compartir, con quién y bajo qué circunstancias. Se unen a círculos de copia privada, acuerdan unas normas, y crean una plétora de para-copyrights que reflejan un mucho mejor entendimiento cultural de lo que se supone que están haciendo.

La tragedia es que ese para-copyright no tiene nada que ver con la ley del copyright actual. No importa que realmente lo intentes, lo más probable es que estés violando la ley. Si te gusta hacer anime music videos —videoclips de música pop inteligentemente mezclados con extractos de películas anime, busca «amv» en Google y verás muchos ejemplos— puede que te ajustes a las reglas de tu grupo sobre que no debes enseñárselas a extraños, o que debes usar sólo ciertas fuentes para la música y el vídeo. Pero es que cada vez que te sientas frente a tu teclado estarás de todas formas violando la ley por millones de dólares.

No es sorprendente que para-copyright y copyright no tengan demasiado que decirse entre ellos. Después de todo el copyright regula lo que grandes empresas se hacen entre ellas, y el para-copyright regula lo que los individuos se hacen entre ellos con sus posesiones culturales. ¿Por qué sorprenderse de que las reglas sean tan distintas?

Es perfectamente posible que al final pueda llegarse a un acuerdo entre copistas y propietarios de copyright. Un conjunto de reglas que consiga defender a la cultura y no sólo a la industria. Pero la única forma de traer a los copistas al buen camino es dejar de insistir en que cualquier copia no autorizada es un robo, un crimen y el mal. La gente sabe que la copia es sencilla, es buena, y cuando te oye decir lo contrario piensa que dices gilipolleces o que le estás hablando a otro.

Si la copia en Internet terminase mañana, sería el final de la cultura en Internet. YouTube desaparecería sin sus miles de clips que violan el copyright, LiveJournal estaría muerto sin todos esos pequeños iconos de sus usuarios y los fascinantes extractos de libros, noticias y blogs. Flickr se secaría por completo sin todas esas fotos de escenas, trabajos y objetos protegidos por copyrights y marcas registradas.

Todo de lo que hablamos es el porqué de que nos guste esto de que hablamos. Fanfic lo escriben gente que lee libros. Los clips de YouTube los hace la gente que quiere que veas las fiestas que se montan. Los iconos de LiveJournal demuestran que alguien disfrutó trabajando en ellos.

Si la cultura pierde la guerra del copyright, el motivo para que exista el copyright muere con ella.

Visto en Locus Online vía Slashdot.

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