Gould, Vega, Jacko y morir a los cincuenta

Puede darse una razón simple al hecho de que Johann Sebastian Bach haya sido, no sólo el músico más importante en la historia de la música occidental, sino probablemente el artista más destacado en sea cual sea la disciplina —tengo mis propias ideas acerca de por qué la música es una disciplina más elevada que el resto, pero me las dejo para otro día—. Bach hubo sido la cumbre del rigor en la composición, y hubo añadido también a su música todos los artificios técnicos disponibles en su época. Y, sin embargo, su obra, en vez de pecar de cerebral, es la manifestación de la máxima pureza que la música puede ofrecer.

A lo largo de la historia, dos han sido los intérpretes más destacados de la música de Bach. El primero, nada menos que Felix Mendelssohn; pianista, director de orquesta y destacadísimo compositor. Mendelssohn recuperó para los románticos el magisterio a la composición de Bach, hasta cierto punto defenestrado durante el clasicismo —no desde luego por Mozart, buen amigo y seguidor musical de Johann Christian, el menor de los hijos del maestro, y autor de una obra interesantísima—. El segundo es Glenn Gould. El James Dean canadiense del piano grabó en 1955 una versión de las Variaciones Goldberg de Bach que lo elevó a la categoría de superventas —categoría que desde luego no existía en vida del maestro—. Se discute si Gould hubo sido el mejor pianista del siglo. De lo que cabe poca duda es de que era el más carismático. Con una forma de tocar única, con el teclado casi a la altura de la barbilla y tarareando la melodía que está interpretando en ese momento —puede oírsele en muchas de sus grabaciones y el efecto es magnífico—. Gould sabía también juntarse con los mejores, y era buen amigo de, entre otros, Bernstein y Von Karajan. Dios los cría y ellos se juntan.

El Aria que abre y cierra las Variaciones es un magnífico ejemplo de la pureza imbricada en la maestría técnica que define la obra de Bach. Es un delicioso ejercicio musical comparar la forma en la que Gould interpretaba el Aria en su juventud, en 1955, y en 1981 a poco de su muerte.

Llega a debatirse cuál es la grabación más importante en la música clásica del siglo pasado, si las Goldberg de Gould de 1955 o las de 1981. A las de 1955 un crítico las definió como «puro sexo», una definición que habría encantado al propio Johann Sebastian, quien tuvo veinte hijos en vida. Las de 1981 quedaron a modo de testamento pues Gould murió pocas semanas después de grabarlas. Con cincuenta y pocos, como Vega y Jackson. Si la vida fuese justa los tres seguirían aquí con nosotros.

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