La industria echará de menos Napster

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Clay Shirky

[ De una serie de artículos escritos por Clay Shirky en 2000 durante la polémica sobre el cierre judicial de Napster ] El miércoles, el juez federal Marilyn Hall Patel ordenó a Napster, una compañía que facilita un software que permite que los usuarios intercambien ficheros musicales MP3 por Internet, a detener el servicio que permite dicho intercambio de material con copyright antes de la medianoche. Es el momento en el que el debate sobre las descargas digitales de música comienza una nueva fase.

En términos de negocio, esto es la muerte de Napster. Aunque consigan mantener la comunidad intacta, pudiendo seguir ofreciendo la función de chat, sus usuarios no tienen otro motivo para usar el chat de Napster que intercambiarse información sobre fuentes alternativas de ficheros MP3 gratuitos como Napagator o Gnutella. Y si Napster permanece offline mucho tiempo, perderá tanta cuota de mercado ante sus competidores que no se podrá recuperar incluso si la sentencia es revocada.

Para la RIAA, quien llevó a juicio a Napster, la orden del juez es una poderosa demostración de que puede resultarles posible sacar de la Internet a cualquier compañía cuyo modelo sea una amenaza para las grandes discográficas. Pero la RIAA no debería cantar victoria porque, con certeza, el número de ficheros MP3 que van a moverse a través de Internet va a seguir aumentando.

Hay ya unos 10 millones de usuarios acostumbrados a descargar música de Internet. Con Napster o sin Napster, alguien va a acabar satisfaciendo este apetito tan enorme y que sigue creciendo. La RIAA no puede esperar que las decisiones judiciales cambien el curso de los avances tecnológicos.

Cerrar Napster como quien cierra un armario no va a tener efecto en la habilidad de los usuarios para crear y escuchar ficheros MP3. No es Napster quien digitaliza la música, son los usuarios, utilizando ordenadores baratos y software libre. Y es el deseo de los usuarios de intercambiar ese material protegido, y no el deseo de Napster de facilitarles esos intercambios, lo que debería preocupar a la industria.

Para las discográficas, el tema es sencillo; lo que Napster hace es ilegal, y está bien cerrado. Pero la legalidad no es toda la historia. Lo crítico es que los ejecutivos de las discográficas no se dan cuenta de que sin haber perdido por completo el derecho a aplicar su copyright, sus posibilidades de hacerlo son cada vez menores.

La analogía aquí es con el límite de velocidad a 55 millas por hora, que resultó inaplicable simplemente porque todos los coches vienen con pedal de acelerador. Asímismo, el gobierno no puede impedir el hecho de que cualquier ordenador puede hacer cualquier número de copias perfectas de un fichero digital.

La sentencia no ha retirado ningún reproductor Rio de las tiendas, ni ha destruido ninguna copia de Winamp. Ni siquiera ha servido para borrar ningún fichero MP3. Más aún, no consigue ni va a conseguir nunca que nadie deje de hacerse una copia digital de un CD, convirtiendo cada pista en un fichero MP3, ¡y en menos tiempo de lo que se tarda en oírlo entero!

Napster reunió facilidad de uso con una magistral capacidad para distribuir fuentes de ficheros, algo que nadie hasta ahora igualó. La ventaja a corto plaz debería estar de lado de la industria. Ahora tienen a su favor la posición contra Napster; pero sólo tienen un par de meses para reagruparse con Napster y crear un nuevo sistema similar que puedan controlar, o los usuarios ya se habrán largado a nuevos servicios. Este nuevo sistema debe permitir a los escuchas descargar música sin el gasto y la molestia asociados al formato CD, ese que te requiere que te compres doce canciones o ninguna.

Si la industria no responde a esta demanda, y pronto, se encontrará con que ha cambiado al diablo conocido por otro del que no tiene ni idea. La lección que las compañías dedicadas a la música por Internet deben sacar del caso Napster son que sus servidores deben residir en las Islas Caimán —o en cualquier parte donde las leyes norteamericanas no se apliquen— o al menos que deben evitar almacenar información sobre los ficheros musicales en una localización central. Cualquiera de las dos alternativas es mucho peor para la RIAA que Napster.

Al menos Napster facilitaba un punto central desde el que la RIAA podía monitorizar la actividad de los consumidores. Cerrar Napster significa fragmentar el mercado, y despedirse de poder controlar los intercambios.

Es muy difícil explicar a negocios que durante años han sido capaces de cargar grandes márgenes a la distribución de propiedad intelectual en formato físico que el mundo digital es completamente diferente. Pero eso no hace del hecho uno menos cierto. Si las discográficas quieren evitar que sus clientes lo sigan haciendo, pero ahora desde la jungla, más les vale llegar a un acuerdo con Napster justo para todos.

Todo apunta sin embargo a que los ejecutivos de las discográficas creen lo que muchos otros creen; sí, la Internet ha cambiado muchos modelos de negocio, pero somos tan fuertes que aguantaremos la corriente. Pero, como dice Rocky the Flying Squirrel elocuentemente; «ese truco nunca funciona».

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