Lo que odio de Spotify

Una anécdota no es necesariamente un dato, pero mi experiencia con Spotify ha sido algo parecido a que según se ha incrementado la frecuencia de los anuncios lo he usado menos y menos —y aparentemente no hemos llegado a un punto en el que se consiguen beneficios de los usuarios gratuitos—. En ocasiones me he visto tentado por el servicio Premium pero no lo suficiente como para lanzarme. ¿Qué me ha detenido?

[Imagen perdida]

La falta de portabilidad.

La imposibilidad de conectarme desde la oficina —aunque, vale, eso no es culpa de Spotify—.

La forma tan pésima de anunciar nueva música, siempre a trozos indigestos.

Los catálogos incompletos de muchos artistas hacen de la creación de listas de reproducción algo más frustrante de lo que debería ser. Vale, no están The Beatles. Pero, digamos, Kate Bush ha grabado toda su carrera en la misma discográfica. ¿Qué es eso de que sólo estén la mitad de sus discos?

La vaga sensación de que pasan de licenciar música urbana o dance, justo lo que me gustaría tener en un buen servicio de streaming, y algo que YouTube hace de fábula.

Llegará un servicio que hará lo que hace Spotify, pero mejor. Ese servicio podría ser el propio Spotify. Podrían resolver algunos de los problemas que he citado, conseguir una mejor relación con las discográficas, quién sabe. La idea de una colección musical completa on the cloud no va a desaparecer tan fácilmente. Así que no me voy a enfadar demasiado con las carencias de este servicio. Hoy por hoy Spotify es mi marca favorita en este mercado, pero aún no les amo sin reservas.

Visto en Blue Lines Revisited. Foto de Jon Åslund.

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