Cuarto Capítulo: Cuando cae el otoño

Era ella. Era el amor. Ambas cosas juntas formaban aquella respuesta que no entendía. Era la respuesta que tanto su razón como su sentido común le dictaban y que sin duda vislumbró en la hora cero, antes de que parasen los relojes. Justo después de que la luna asomase por el balcón de la noche.

Eran hojas caídas, eran aguas turbias, eran días cortos.

Eran voces apagadas, lágrimas dulces, eran estaciones fugaces.

Era, al fin, una canción con una letra conocida, con unas notas y unos acordes que ya no debían esperar su turno dentro de un cajón, ni en el fondo del cofre del viejo desván.

Y pasó el otoño, y llegó un invierno, un invierno fugaz que daba paso a la música.

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