A mí la idea de Dios, siento ser tan raciovitalista, me atufa, no acepté nunca, ni de niño, por un sólo instante, la idea de Dios.
La iconografía decimonónica de mantos dorados y barbas me parecía tan babosa, tan mentirosa que no hizo falta a torticeros como Teillard de Chadin o aburridos como Kierkegard o pesados como Unamuno ni escuchar a un cura, y eso que los escolapios iban al grano de piedad y letras tenían para suerte de mi ateísmo, casi sólo de lo segundo, todavía no había leído a Spinozza o a Hegel, y conocía casi nada a Marx, en realidad hablo de mucho antes, de cuando tenía cinco años, cuando fui al colegio y tuve que aprender, quizás estoy reencontrándome con un rechazo cognitivo; pero pensaba a menudo en Dios porque, en una u otra instancia se me lo proponía (e imponía, aunque con formas suaves, igual que jamás canté el caralsol porque era un privilegiado) a menudo y, por más que pensaba en aquel ser todopoderoso, así fuera todo bondad o todo ira, así neoplatónico o franquista, me resultaba imposible de admitir, imposible de comprender y de aceptar. Ya de pequeñito entendí y vi de lejos que era un cuento chino para idiotas, así, gracias a ese ente onmisciente y primigenio, surgió , a parte de mi ateísmo (que es irrelevante comparado con lo que sigue), mi alerta ab initio frente a los embustes, mi rebeldía, mi modernidad, mi laicismo y mi independencia, gracias escolapios por haber hecho tan mal vuestro trabajo como transmisores de lo numénico (también podíais haberos esforzado con lo fenoménico; pero puede valer...).
No he tenido jamás la gracia ni la intuición de la fe; pero a ratos he tenido la intuición (incluso a veces la certeza) de la consciencia, de la música del sonido, del dibujo. Me doy por vivido, sólo me falta ya vivir en Cádiz mientras me voy deteriorando acariciado por la brisa o el viento, viendo sin parar reflejos dorados o azules, cómo cambian, y me río o me enojo, con Dios tan lejos, tan de otra época, encerrado en una idea , ni siquiera bajo la cúpula de la Catedral, ni siquiera en un brillo, sin culpa, sin padre, sin mañana, sin corte celestial, sólo con un cielo recortado por lo que elijo, por el visor de mi cámara o por lo que quiero recortar yo con mi mirada, con nubes, sin oro, aire, no éter, carne, vieja, no gracia, ni santos, ni lamas, el alama en la playa, bajo mi culo, arañándome la espalda, mientras pique es que todavía eres hombre, nunca ángel, nunca siervo, nunca rayo, sólo enfado, no ira.
Poco más pude entender de Dios más que mentira, la soberbia, el abuso, lo total, lo angustioso, jamás lo cercano, nunca lo vital, en Dios no es la vida, lo vivo se manifiesta entre metano ni en un solo momento como una sombra iluminada por la luz divina y convertida en Luz, porque Dios es muerte, hastío, es imposible; pero no es una utopía es una mala quimera.
Hace falta ser muy poco perspicaz para no ver a este personaje (que es antromórfico y es absoluto) y no cagarse en él, sólo los que no comprendan ni prevean, los que estén atados a la necesidad pueden hacer tratos con él o con ello y aceptarlo como el suplantador, el maligno.
No veo a otro dios y , siendo imposible explicarlo, se me ocurren entelequias mejores para intuir o para sentir como sienten los fieles y no es que sustituya paradigmas como los enfermos mentales o los simples, es que sustituyo todo el paquete por el mío, esto es muy fácil se llama humanismo; que al final demuestra ser tan irreconciliable con Cristiano como nacionalismo y liberalismo.
Contraría mi entendimiento y mi sentimiento y mi dignidad.