Si me hubieras hecho esta pregunta hace unos meses, te habría dicho que sí: que aún podíamos resistir. Que había espacio -legal, ético, incluso filosófico- para cuestionar el avance de la inteligencia artificial en el terreno del arte. Me habría apoyado en principios de propiedad intelectual, en la singularidad de la experiencia humana, en la sensibilidad del artista que vive y siente antes de crear.
Pero el tiempo, y sobre todo la velocidad a la que se despliega esta tecnología, me ha hecho cambiar de opinión. Después de ver de cerca cómo las nuevas generaciones de modelos de IA están colonizando el terreno creativo con una eficiencia asombrosa, debo admitirlo con algo de pesar: no, no podremos luchar contra ella. No al menos desde los marcos tradicionales que solíamos considerar suficientes.
Hay algo profundamente revelador en el hecho de que las IAs no estén reemplazando primero a médicos, ingenieros o científicos. No. Su desembarco más agresivo ha sido en el arte. En la música, la escritura, el cine, la pintura. En esos espacios donde el alma humana parecía indispensable. Es como si los arquitectos de estas tecnologías -sean conscientes o no- hubieran decidido que no sea el hombre quien gobierne las artes, sino las máquinas. La creatividad, convertida en un servicio instantáneo, sin historia, sin errores, sin duda. Y a muchos les resulta fascinante.
Desde un punto de vista técnico, lo entiendo. Los modelos generativos han madurado a tal nivel que ahora es trivial producir una canción, un poema o una imagen en segundos. Lo que antes requería años de oficio, hoy se logra con un prompt y una buena arquitectura de red neuronal. Y esto, inevitablemente, plantea una pregunta inquietante: ¿qué lugar queda para el artista humano?
En el futuro cercano -porque esto no es ciencia ficción, es inminencia- la gente tendrá que tomar decisiones: ¿escuchar a una IA o a un músico que vivió una vida difícil para escribir esa letra? ¿Ver una película generada por una red entrenada con miles de guiones clásicos o apoyar a un cineasta independiente que apenas puede financiar su próximo proyecto? La elección no será sólo estética; será política, será humana.
Y aquí es donde creo que aún queda algo de margen. No para detener el avance -eso es ingenuo-, pero sí para decidir cómo conviviremos con estas tecnologías. Si los gobiernos se muestran a la altura de este momento histórico, podrían establecer límites claros: que la IA no reemplace, sino asista. Que sea una herramienta, no una sustitución. Pero si no lo hacen -y la historia nos muestra que muchas veces no lo hacen-, seremos nosotros, los usuarios, quienes debamos actuar como última línea de defensa del valor humano.
La ironía es que mientras todo esto ocurre, aún hay tantos campos donde la IA podría estar haciendo más: encontrar curas para el cáncer o el VIH, explorar la longevidad humana, descubrir métodos para viajar más allá de nuestro sistema solar, resolver problemas de energía limpia a escala planetaria. Pero no. Por alguna razón, el arte fue el primer frente. Tal vez porque es donde menos regulación existe, o tal vez porque ahí es donde más fácilmente se puede emular sin que nadie reclame con suficiente fuerza.
¿Estoy pidiendo demasiado al esperar que las IAs solucionen problemas realmente trascendentales? Puede ser. Pero no deja de ser paradójico que, teniendo las herramientas para expandir las fronteras del conocimiento humano, hayamos elegido primero reemplazar a quienes aún cantan, escriben y pintan con las manos y el corazón.
Así que, mi respuesta es, no, no podremos luchar contra ella. Pero sí podremos elegir, como sociedad, si queremos que lo humano siga siendo relevante. La historia no está escrita. Todavía.