Tú, tu primer espectador. La idea y la lenteja

Hace pocas semanas recibí un encargo urgente. Disponía de poco menos de una semana para entregar un tema completo. Ese tiempo es muy reducido como para observar con un mínimo de distancia la idea o el desarrollo que de ella he realizado. Acepté, pero convertí al cliente en el primer espectador del tema en lugar de ser yo mismo, con el consiguiente riesgo que ello conlleva.

La primera persona que ha de escuchar tu tema debe ser uno mismo y eso no es posible sin marcar una cierta distancia con él.

Recuerdo esas conversaciones existenciales que, sobre todo de adolescente, tenía con algún amigo o amiga de madrugada, bajo las estrellas. Al día siguiente, cuando nos encontrábamos de nuevo, apenas hablábamos de nada relacionado con aquello que compartimos (temas increíblemente trascendentales, de los que “dependía la continuidad del universo”...). Esto lo he contrastado a lo largo del tiempo con más gente y es algo que, al parecer, nos ha sucedido a muchos.

Parece ser que hay un tipo de lenguaje que se mueve mejor en ciertos escenarios que en otros. La sugestión es en gran medida la responsable.

Recuerdo un verano, hace unos cuantos años, en el que me dejaron las llaves de una casa vacía en un pequeño pueblo de Castellón, Almedijar, para grabar una serie de partes con instrumentos acústicos, aprovechando el silencio absoluto que allí reina y la inspiradora soledad.

Mi imaginación unida a los ruidos nocturnos de una casa tan vieja, más la curiosa afición que tuvo la familia que vivió allí por llenar la casa de mecedoras (¡juraría que algunas se movían solas!), hizo que la primera noche la pasara prácticamente en vela con un miedo irracional pero altamente efectivo. A la mañana siguiente todo aquel miedo me pareció ridículo, me reí de mi mismo, de lo infantil que había sido mi mente y de lo fácil que me había dejado sugestionar por algo tan absurdo. (La siguiente noche me volvió a pasar...)

¿Quien no ha escrito algo durante la noche y al leerlo por la mañana ha pensado: ”menuda tontería...” y lo ha desechado?

Pues esto es fácil que nos pueda ocurrir cuando componemos un tema en ciertos momentos de sugestión intimistas. No siempre es sencillo identificarlos. Eso no quiere decir que algo realizado en ese estado no sea válido para nosotros, pero quizá no sea “comestible”, en la misma medida, para otros. Y tal vez, no sea lo más conveniente para un encargo donde se busca algo que no sólo agrade al autor en ciertos estados “metafísicos”...

Dicho de otro modo. Es bueno escuchar las cosas que hemos compuesto por la “noche”, a la “mañana” siguiente (“mañana” y “noche” entiéndanse como metáforas...), ya que, el público probablemente percibirá lo que hayamos hecho de una forma más parecida a como nosotros lo contemplamos por la mañana (incluso aunque lo oigan de “noche”). En definitiva, ser uno mismo nuestro primer espectador, despojados del elemento sugestivo que tal vez haya participado en la elaboración de la obra.

Pero además, si es posible (esto igual no le sirve a todo el mundo), puede ser buena idea dejar que ese tema se “macere”, esperar algo de tiempo desde que se nos ocurre hasta que comenzamos a trabajar seriamente con él.

Al igual que una lenteja si la dejas un tiempo, en el entorno adecuado, germina y se convierte en planta, cuatro notas con una pizca de gracia sobre un simple IV V I (por poner un ejemplo) pueden convertirse en algo verdaderamente interesante si las dejamos reposar durante unos días. A ser preferible en esa misteriosa zona creativa del cerebro, que contiene los suficientes “nitratos” (imposibles de describir de otro modo para mí) para que esa idea crezca en la dirección marcada. Dicho de otro modo, dejarla un tiempo más en la fábrica desde donde se extraen las materias primas.

A menudo, he grabado en el móvil (un medio muy habitual hoy en día y muy útil para estas cosas, siempre que no descuelgues una llamada al mismo tiempo...) una “sintonía” que me ha parecido interesante y que intuía en peligro si no la salvaba rápidamente. Sin pretenderlo he notado como esa idea me ha ido acompañando durante el día y ha ido tomando forma en un rincón del cerebro, sin que yo apenas actuara conscientemente sobre ella.

Al finalizar la jornada, o al día siguiente, comparo la melodía que en esos momentos ya se encuentra pegando botes como loca en mi cabeza, con aquello que grabé en un inicio. La imagen que mejor representa el contraste que observo, es ese dibujo “darwiniano” tan conocido en la que se ve la evolución del ser humano desde el mono hasta lo que somos hoy en día...

La “fermentación” no debe eternizarse, de lo contrario es fácil que se pierda en esa isla de las ideas olvidadas que todos los autores tenemos a nuestro alrededor y donde, yo al menos, suelo viajar poco.

En casa nos ha crecido, de un día para otro, una lenteja que se nos coló en el fregadero... El tiempo que yo le dedico a madurar una idea, de media, es poco más que el de una lenteja, pero esto ya es algo personal y que yo vivo como mi proceso natural. Uno nota cuando la idea ha tomado forma y está lo suficiente madura para ser trasplantada desde ese rincón mágico del cerebro (o del alma) a una “maceta” más grande.

Juan Ramos

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