Todo ocurrió en un hotel de lujo en mitad de la montaña. Tocaba la percusión (y lo que hiciera falta) en una banda de flamenco, jazz, bossa… temas nuestros y versiones… Era un cumpleaños…de una princesa belga…o algo así…
Nos instalaron un pequeño escenario al lado de una piscina, a ras del suelo, y montamos el equipo. Era primera hora de la tarde y sólo estábamos el servicio, las empresas de catering…y nosotros fumando canutos al lado de la piscina mientras tocábamos (probando sonido). Los que bebían no lo hacían hasta después del (o durante el) evento… siempre así… para controlar un poco el asunto… pero fumar, si se podía…todo y más…
Era una situación algo kafkiana, porque nosotros íbamos vestidos de calle mientras todo lo que nos rodeaba era lujo y estética refinada, camareros distinguidos que nos traían jamón, champán…hasta les costó encontrar una coca cola (varias) para mí, el más humilde de todos, con mi camiseta de Anthrax la cual rezaba “I´m the man”, mis chancletas de verano, mis bermudas tropicales… y un tostao considerable camuflado tras unas improvisadas gafas de sol…
En algún momento alguien del servicio nos recomendó el ir a un lugar a cambiarnos de ropa, la cual nos tuvieron que prestar, porque la mayoría de nosotros, salvo la cantante, iba con lo puesto. Y nos disfrazamos de aquello.
El caso es que estuvimos allí, en la piscina (al hotel no entramos ni a mear), más de dos horas, tocando…fumando…probando el equipo…hasta que empezaron a llegar coches de lujo e imponentes furgonetas…claro, como no podía ser de otra manera… Allí se respiraba un aire de ostentación y sibaritismo que bien pudiera parecerse a Mónaco o a un Principado italiano… allí, en mitad de la nada… Se fue llenando aquello de todo tipo de ruiseñores, damiselas y un sinfín de refinados cortesanos ataviados con las mejores prendas de cada casa. Hasta los cuidados y floridos jardines que nos rodeaban palidecían ante tal derroche de suntuosidad y magnificencia exuberante.
Nosotros a un lado de la piscina, el regimiento de nobles patricios e ilustres personajes hablando de sus cosas al otro. Dos mundos irreconciliables a los que sólo les separaban las mansas aguas de una formidable piscina de estética clásica. El tiempo iba pasando y no paraban de llegar deportivos, furgonetas, autocares… “Debe ser importante la princesa ésa” pensé…mientras comíamos jamón, bebíamos comedidamente y fumábamos con cierta…digamos…delicadeza y disimulo.
De repente alguien dio una orden y todo el mundo se dispuso a salir a la terraza principal que presidia la monumental piscina rodeada de estatuas de ídolos y deidades de otras épocas, justo, exactamente, frente a nuestra asistida y pulimentada presencia, la cual miraba la escena con cierto estupor desde la otra orilla… Tan cerca de lo obvio…tan lejos de lo común… Era nuestro turno. Nos retiraron el catering y lo sustituyeron por un ajuar de agua mineral sobre unas mesas ataviadas de pulcro blanco, docenas de botellas de plástico que certificaban nuestro dócil y prosaico linaje.
Comenzamos la velada, como no podía ser de otra manera, con algo lento, algunas bossa-novas tradicionales y alguna que otra balada de cosecha propia. Ni nos miraban ni nos oían, la rutina de alta alcurnia seguía siendo la protagonista de la ya recién estrenada noche. Algunos, los más osados, empezaron a bailar cortejando a sus acompañantes, y saliéndose del protocolo establecido iban rodeando la piscina hasta acercarse al espontáneo escenario, lo suficiente para embriagarnos con sus fragancias y perfumes almizclados de ensueño. De vez en cuando alguien nos miraba extrañado como el que busca desesperadamente un excusado ante una intempestiva e imprevista necesidad fisiológica. La velada transcurría apacible mientras nuestro eterno repertorio iba sonando pieza a pieza sin aplauso, loa, atención manifiesta u otra cosa que no fuera la indiferencia más absoluta.
Entonces, entre sonata y tostón, alguien se acercó a nosotros a pedirnos…un micrófono. Quería anunciar algo. Bien sabe Dios que no entendí ni una sola palabra de aquello, pues mis dotes lingüísticas no abarcan más allá de los Pirineos, y mis orejas no entienden nada que mi boca no sepa pronunciar,… salvo el nombre y título de la afortunada,… los cuales, sinceramente, no recuerdo…
Y una gran luz se abrió paso a través de aquel gentío inmaculado para alumbrar a la emperifollada más bella de toda la gala, envuelta en un enjambre de ninfas célibes que auguraban el devenir de la contienda. La corte rindió homenaje a su princesa y entre aplausos, los mismos que nos habían negado sólo unos instantes antes, y vítores que les hacían más humanos de lo que aparentaban, alguien nos sugirió que tocáramos algo con más ritmo… pues el mocerío había hecho acto de presencia y tomaba el relevo a la vetusta concurrencia anterior.
Ni cortos ni perezosos, y sin previo aviso más que el de unos acordes improvisados en el momento por uno de los guitarristas, comenzamos a tocar el “volando voy, volando vengo”… lo recuerdo perfectamente porque, aunque a esas horas iba bastante perjudicado después de toda la tarde al sol fumando sin parar, lo tocamos más deprisa de lo habitual y me costaba salir al paso. Posiblemente esa repentina aceleración del tempo en la “intro” por mi compadre fuera debida a los nervios que impone el ver a todo un presunto Duque rogándote algo.
La cosa cambió, y vaya que si cambió… lo dimos todo… por fin estábamos en nuestra salsa…y eso era algo tan evidente como imposible obviar… Aquella mansedumbre del decoro dejó paso al desenfreno. Muchos abandonaron el lugar, otros se fueron hacia el interior del tranquilo hotel buscando sosiego y, como no, para no atestiguar ni aguar las intenciones de la impronta juvenil. Los figurines, poco a poco, comenzaron a despojarse de sus sofisticados disfraces mientras íbamos desnudándoles con todo nuestro prontuario más chusco y cañí… Querían fiesta… y la iban a tener.
La gente, una vez dignos de denominarse así, empezaron a tirarse a la piscina con la poca ropa que les quedaba… hasta que, desde el escenario, se vislumbraba más piel que seda. Iban y venían, bailaban, bebían… e invadieron nuestro sagrado espacio invitándonos a abandonar nuestro redil para unirnos a la bacanal… salimos en tropel guitarras en mano, dando palmas, cantando los Chunguitos… mientras nos despojaban de la poca ropa e instrumentos que llevábamos… uno por allí haciendo aguadillas a un futuro Jefe de Estado… otro por allá persiguiendo a una inminente Reina… compartimos el sudor e incluso los baños… hasta tal punto que no recuerdo, ni puedo decir, nada más, nada reseñable, salvo un beso que me dio aquella princesa (y otras)… y no sé si algo más…(y de acordarme no lo narraría aquí) …
Siempre me pregunto si… quién sabe… el próximo heredero a la corona de Ruthenfaüer sea un vástago mío.