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Lunes 4 de julio de 2005
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Live 8, el día después
¿Alguien habrá escuchado realmente?
El festival tuvo una respuesta masiva y exitosa, pero aún faltan conocer los resultados políticos
LONDRES.- "Aquí están las naciones unidas, pero de verdad." Cuando Kofi Annan ocupó el centro del gigantesco escenario, en el corazón del Hyde Park, un silencio profundo se apoderó de las más de 200.000 personas que, como un mar humano con olas de manos y cabezas, cubrían el hermoso verde del lugar, sin dejar un solo resquicio si uno podía mirarlo desde donde el presidente de la ONU hablaba hasta el horizonte, varias cuadras más atrás.
No dijo mucho más que eso. Sólo un formal agradecimiento en nombre del Africa profunda, y partió como había llegado. Quienes esperaban un discurso más largo, algo así como la respuesta esencial a la pregunta de por qué estábamos todos allí, si aquello finalmente tendría algún resultado, se sorprendieron. Pero fue sólo un segundo: enseguida, de una garganta, y de decenas, y de miles, y de centenares de miles, partió ese onomatopéyico "¡yyyiiiuuuuuu!" que, se supone, quiere decir, sí, vamos, de acuerdo, okay, buenísimo, estamos con todos en esto, algo tenemos que hacer y esto es algo, y un montón de tantas otras cosas, y entonces el fantástico Live 8, el recital más grande organizado sobre la tierra, según se lo presentó en la que por varias razones fue su sede central, Londres, pero con sucursales en Roma, París, Moscú, Filadelfia, Berlín, Ontario, Tokio y Johannesburgo, siguió su ritmo normal. Esto es: gran figura, tres canciones, mensaje rotundo y directo al Grupo de los Ocho -que pasado mañana se reúne aquí nomás, en Edimburgo- con un slogan central: "Make poverty history", algo así como hagamos que la pobreza sea historia; gran figura, tres canciones, mensaje rotundo? y así.
Lo que queda el día después, además del sembrado de botellas, bolsas y cuanta basura el ser humano pueda generar, es una pregunta también profunda, que el diario The Independent resumió como pocos: "Maravillosa música, masivo reclamo, pero, ¿alguien estaba escuchando?"
Fue un día maravilloso, qué duda cabe: 10 extraordinarios recitales al mismo tiempo, 1,5 millones de espectadores, 3 mil millones de telespectadores (según los organizadores). La idea de Bob Geldof, esta vez, no fue juntar dinero: "Queremos tu nombre", repetía la propuesta, mientras éstos se iban sumando en un contador gigante, detrás del escenario, a medida que ingresaban a través de llamadas desde los celulares (centenares de miles entre los presentes en el Hyde Park, también para utilizarlos como máquinas fotográficas) o por Internet. "Se acabaron las excusas", pregonaban también. "Ocho hombres en un cuarto pueden cambiar la historia."
Entre actuación y actuación, como golpes, desde las pantallas gigantes entraban en las cabezas de todos las más terribles imágenes de la más pobre Africa. Había que asimilarlas entre actuaciones maravillosas allí mismo, en vivo, y las otras que llegaban desde el resto de las ciudades. La imagen congelada de una nenita negra se fundió de pronto con la actualidad, cuando el mismo Geldof presentó a quien corporizaba que no siempre estas luchas son en vano: allí estaba, sana y salva, hermosa además, la niña de la foto, ahora mujer.
Su sonrisa enorme logró quitarle algo de protagonismo sobre el escenario a quien había sido una de las llaves fundamentales de la masiva convocatoria: Madonna. En realidad, las llaves fueron varias. Y es ese manojo el que abre las puertas al otro aspecto de semejante show: cuántos fueron por los artistas y cuántos fueron por el mensaje, cuántos aceptaron tragarse el amargo sabor de sentir la pobreza más cerca a cambio de acceder a un concierto sin antecedentes en la historia por acumulación de estrellas, desde Paul McCartney y U2 hasta Coldplay, Elton John y The Who.
No hay que ser un especialista en música y en espectáculos para sentir todo eso en la piel, más si se lo vive a veinte metros de distancia. Se percibe, eso sí, lo distinto, lo especial: el monstruoso carisma de Robbie Williams, capaz de movilizar a 200.000 personas -y a más también- por Africa o por lo que sea; el emocionante regreso de Pink Floyd, 24 años después, provocando a los neocanosos y a los neopelados a un play back con la garganta anudada (sin corbata, por supuesto).
Aunque suene cruelmente contradictorio, Robbie Williams y Pink Floyd provocaron, por un momento, que uno se olvidara de Africa. Y de todo.
Por Daniel Arcucci
De la Redacción de LA NACION
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Robbie Williams cantó entre la multitud
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La reunión de Pink Floyd en un escenario después de 24 años fue el show más esperado
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Michael, Gilmour, Geldof y McCartney, en el cierre
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