#246 ¿Los Dead can Dance te parecen simplones? Mí no entender. ¿Un dúo que mezcla con exquisito gusto instrumentos acústicos, poliritmias, fragmentos orquestales, sublimes atmósferas sintéticas y vocales con influencias del folk gaélico, recursos operísticos, la música espiritual de distintas culturas, la electrónica espacial, el rock gótico y mil referentes más te parece algo simple y pobre de recursos?
Como ejemplo de algo aparentemente simple podría valer
The Bells de Jeff Mills.
Un bombo a piñón a 4/4, unos cuantos sonidos de percusión y un sencillo riff arpegiado en bucles repetidos hasta la saciedad con pequeñas variaciones tímbricas y rítmicas. Un tema que en su hermosa y aparente sencillez y simpleza llegó a definir la esencia de un nuevo género musical que ha tenido una gran influencia en la música de este siglo.
(Por cierto, Garrido & Maabo, una versión cafre de The Bells se presta que ni pintada para el juego de reinterpretaciones del soniquete de la Renfe)
Y digo que es simple solo en apariencia, porque es precisamente la escasez de recursos melódicos y armónicos lo que permite que brillen con luz propia los elementos característicos del genéro: la sutil urdimbre que van tejiendo las constantes y pequeñas variaciones tímbricas y rítmicas para atrapar al oyente.
No nos engañemos, detrás de la aparente sencillez de movimientos de una bailarina hay muchas horas de estudio, trabajo, esfuerzo, y mucho callo; aunque algunas divas se crean tocadas por una especial gracia divina que les permite crear e innovar desde el total desconocimiento de su arte.